HE
VUELTO AL CIRCO
A decir
verdad, hacía santísimos años que
no pisaba un circo. Gran parte del milagro se
lo debo a Nacho, el mayor de mis hijos: especie
de mosca blanca en esta nueva generación
sometida a realidades virtuales exacerbadas.
Otro de los grandes culpables es Joaquín, Cali
para nosotros, quien cada vez que oía las
bocinas de la camioneta repitiendo los horarios
de la función pellizcaba con fuerza mi costado
izquierdo , recordándome la cita del sábado a la
noche.
Hacía mucho que no pisaba un circo. Otra
de las cosas simples de las que me fue alejando
la adultez: esa adultez de lo solemne, de lo
avinagrado; y debo reconocer que un par de
lagrimas furtivas supieron rodar desde el
mentón hasta mi abdomen. Nostalgia quizás, o
flojedad que le dicen, pero a esta altura de
los acontecimientos soy consciente de que uno
no puede divorciarse así nomás de los buenos
recuerdos, señor, y eso es sano. Es mas: creo
que estoy comenzando a amar al circo y casi
como un síntoma de ese cariño incipiente, a
relacionarlo con la vida cotidiana, con el
mundo, con lo que nos rodea.
Y no esta en mi animo hacer filosofía barata,
para nada,. Lo que pasa es que todo se
parece a un circo; a un gigantesco y enorme
circo que nos va reclutando y contagiando su
manía de ilusionar al semejante con un cierto y
descarado halo de fantasía, tal como aquellos
viejos circos de parantes altos y carpas
enmarcadas con alegres parches de lona
colorinche que nutrían de picadero y alegría
momentánea los recónditos baldíos de mi pueblo
ínfimo, en donde el mago iba sacando de a una
las relucientes palomas del interior de su
galera de doble fondo y tendía su capa de
ilusión, que mas que eso era un lamento hecho
jirones, y hacia ostentación de una enorme
sonrisa dibujada. Sacaba y metía trapos de
colores que eran como mis sueños, volátiles, los
que al contacto con la luz engañadora del circo
se asemejaban a nubes sedosas en grácil
movimiento al igual que en la torpe realidad,
rondaba la mentira en la mesa del mago , pero
ese tipo de mentiras lejos estaba de hacernos daño.
Solo producía un extraño mejunje de complicidad
mezclada con obsecuencia . Digo esto mientras recuerdo
cómo sobre el trapecio se meneaban furibundos
aquellos hermosos fantasmas que supieron ser
testigos de la amistad entre suerte y talento ,
pero solo los enanos movedizos y el lánguido
payaso de enorme risotada encubierta los
advertían, señor, aunque como aquí, su fama de
poco serios terminaba por disuadir todo intento
de abusar de su sapiencia ; lo sabían
todo los payasos pero callaban por razones obvias.
Sabían por ejemplo que en las infancias
pobres servían para que sus estridencias
transfiriesen al circo el puro regalo de
adornar la vida con sutiles rasgos de
apariencia extraña, mientras el caballo del
resentimiento resoplaba en el viento de nuestra
propia bronca, gambeteando sueños de camote
asado, del mate a las cuatro, de suspiro largo
por las desventuras de un baúl semivacío donde
un puñado de juguetes flacos flotaba entre la
abundancia de la nada, entre la bulla y la calma
de palmas y regazos de abuelas soñando, de tías
algo esquivas por aquel prejuicio de malcriar
al "santo" justo cuando la cosa pintaba
demasiado fulera. Todo eso lo sabían los
payasos: seres emblemáticos de nombre sonoro,
de raíz rimbombante. Allí se regodeaban los
Polvorita, los Pirulines, los Petaco y tantos
otros ...
Y el circo, mientras tanto, desoyendo los
dictados de la crisis, iba desangrando
pinceladas indelebles de talento mezclado con
el cariño de sus personajes, quienes sabiendo
hacer de todo en esa especie de lecho de
aserrín tan maleable como nuestras ganas de
encontrar la escuela, pulían mis aristas con el
torno inerte de lo simple, de lo alegre ,de lo
ciertamente indemne a los vicios del mundo, al
horror de ese presente de mandarina y cardo,
y al azote constante de un salario indigente.
Sabe una cosa, señor? Creo que estoy
comenzando a amar al circo. Y por que? preguntará
con gesto adusto, aparentando no entender mis aparentes
vaivenes emocionales. Simplemente porque gracias al
circo vengo a comprender que las ilusiones son,
nada mas ni nada menos, que las alas del alma.
GERARDO ACOSTA
Bigand- Santa Fe
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