RECORDANDO RECUERDOS...

Estaba junto a mi hermana en el comedor de la casa de mi abuela paterna. Siempre que llovía en verano y no podíamos ir a la pileta del club, molestábamos a mamá para que nos permitiera ir a jugar a ese lugar tan lindo.

Era a la hora de la siesta cuando se nos ocurría ese juego, los abuelos dormían profundo en la tranquilidad del pueblo. Pero la abuela, con su oído de madre afinado, siempre nos oía entrar por la puerta de la cocina cargadas de muñecos y ropas viejas.

Desde su cama y a través del pasillo nos preguntaba: -¿Qué necesitan? -Vinimos a jugar en el comedor. ¿Podemos?, respondíamos tímidamente, con voz suplicante. -Bueno pasen, decía con la voz entrecortada de quien recién se despierta, pero no hagan bochinche que el abuelo está durmiendo.

La habitación de Poroto, así llamábamos a mi abuelo, compartía una de sus paredes con el comedor. Por lo tanto era casi imposible de cumplir lo que nos pedía la abuela, pero igualmente hacíamos nuestro esfuerzo para no molestar.

Ese día entramos en puntilla de pie dejando la marca de las zapatillas mojadas por todos lados, prendimos la luz del comedor porque estaba muy oscuro, producto de la lluvia intensa y nos dispusimos a hacer lo que más nos gustaba, jugar.

El living-comedor de la abuela Olga era el escenario soñado por nosotras. Allí encontrábamos muebles, adornos y vajilla sin estrenar que convertían en realidad el sueño de la casa de "verdad", con cosas palpables e iguales a las que usan los mayores.

Un mueble bajo y largo contenía las tazas, los platos, las fuentes y los vasos más variados y nuevos en uso que habíamos visto hasta entonces. Solo una puerta nos estaba prohibida, la que encerraba en su interior una cantidad incontable, a nuestra edad, de copas, vasos, y botellas de vidrio fino tallado.

Pero ese día de pleno enero nos invadió la curiosidad y las ganas de jugar con lo que no debíamos. Fue así como comenzamos a pasar de mano en mano las copas que luego llenaríamos de agua para simular ser dos señoras "copetudas" en medio de una conversación de lo más interesante sobre los hijos inmóviles que tan bien representaban los muñecos de goma.

Un descuido mío sirvió para arruinar la tertulia, la copa que sostenía en mi mano se cayó sorpresivamente en el suelo limpio del comedor. El ruido explosivo que provocó su rotura en mil pedazos despertó a la abuela.

En menos de dos segundos la teníamos en la puerta dándonos su mejor discurso sobre desobediencia. Por supuesto que esta lección que quedó en el recuerdo no nos hizo cambiar de juego en los días de lluvia.-

Dabina Promuntichi

La Plata

Estudiante

23 años


El Confesionario - Comentarios sobre el texto
Comentarios de los lectores
15/06/2006 10:44:46 »» Danilo:
Dabina, realmente me quede sin palabras con tu cuentito, yo termine de leer hace unos dias un libro de Borges que se llama "El Meneaito" y me hizo acordar mucho a tu cuento. Bueno Dabina te deseo suerte con tu carrera y espero que no termines trabajando en una consecionaria o algo asi. Un beso. Adios

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