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LA
CIUDAD La
ciudad de la que hoy hablaré no es la más bella, no es la
más limpia ni la menos empobrecida del mundo. En cada esquina
suelen verse niños ofreciendo todo tipo de chucherías, en
cada esquina suelen verse prostitutas vestidas tan cortas,
que uno suele pensar en el resfriado que les puede dar.
Si uno cruza en la mañana los bastos puentes de sus calzadas,
seguro que en cada uno de ellos encontrará hombres durmiendo,
hombres protegiéndose del frío, niños con un periódico encima,
mujeres que venden periódico. En las tardes, lo mismo, solo
que hay que añadirle un tráfico de maldición.
Basta con que uno salga un momento, entonces, se cruzan
las miradas, los roces, las veinte mil imágenes que a diario
podemos ver, la casa, la esquina, el camión, la escuela,
el tráfico, todo lo que cabe en la vista, cosas buenas y
malas, porque vivo en una ciudad grande, en una ciudad impredecible.
Es cierto, hay un tráfico enorme; el cielo, hace algún tiempo
que no suele mostrar su azul natural. Las catarinas rojas
que hasta hace poco, en mi infancia, solían encontrarse
en los autobuses, ahora no existen, se extinguieron, como
si el humo de la ciudad se las hubiera devorado enteras.
Ahora solo queda el recuerdo.
El recuerdo, sólo el recuerdo, al igual que en esta ciudad,
las catarinas dejaron su recuerdo, también miles de personas
han dejado huella en esta ciudad.
Huellas, sí, huellas de sangre, huellas de miles de estudiantes
muertos una tarde del 2 de octubre de 1968, cuando fueron
asesinados por un cobarde, que pena da decirlo, algún día
fue presidente: Díaz Ordaz.
También hay recuerdos de niños, mujeres, hombres, de todos
aquellos que en un enorme sismo cayeron, algunos, la mayoría,
aplastados, pero también hubo quien murió de tristeza, de
tristeza de perder a sus hijos. De eso ya quince años, la
herida, aún no cierra.
Esos son los muertos de los que tenemos memoria, pero hay
otros, de los que ni nos enteramos, los desaparecidos, los
que no sabemos qué pasó son ellos, los que por pensar fueron
eso: "desaparecidos", enterrados en la fosa común.
Ahora miro a mi alrededor y veo que esta ciudad no es improvisada,
ha costado sangre, vidas, explotación, pobreza, marginación;
la veo, recuerdo lo que sentí la vez que me subí a su torre
más grande, tan inofensiva y callada. De pensar que en ella
se esconden tantos secretos, tantas vidas y sueños de hombres
y mujeres importantes, porque aquí, todos y cada uno somos
importantes, al menos para nuestra familia o amigos.
Un día fue sólo un águila parada sobre un nopal, devorando
una serpiente, ahora es la gran urbe, la ciudad de México,
la más grande del mundo, la que alberga a gente tan distinta,
pero tan parecida, que si no fuera por el placer que nos
provoca estar aquí, estaríamos condenados a una vida aburrida
y poco interesante, porque aquí vivimos los soñadores, los
que queremos mejorar, y vivir la modernidad, lo mejor posible.
Isabel
Uribe
Estudiante
17 años
Hobby: leer
México
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