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LLORO
PORQUE TE AMO, VIRGENCITA DE MADERA
Hace
poco visité a un amigo a quien no veía desde hace tiempo.
Estábamos de sobremesa, en su casa, allá en Molina Punta,
con el majestuoso río Paraná como testigo. Soñador, nostálgico,
valiente, siempre hizo gala de su libertad de credo. No
creo, no pienso así, solía decir cuando hablábamos de nuestro
Dios Amor. Allí, como una ráfaga de aire fresco, aquél hombre
aparentemente descreído, me emocionó profundamente, por
la fuerza espiritual del relato que me hizo sobre un momento
de su vida.
Una vez, mientras viajaba desde Villa Ángela a Sáenz Peña,
en unas de mis tantas recorridas como visitador médico,
me dijo, escribí un verso a una virgencita, que más bien
fue una conversación que tuve con ella, una virgencita que
encontramos en un rincón de una habitación vacía de una
casa que habíamos alquilado, en un nicho de madera, sobre
un caballete también de madera. Era una estatuilla de la
Inmaculada Concepción que inexplicablemente la habían dejado
allí los dueños de esa casa. Aunque nunca supimos por qué,
imaginamos que, tal vez, fue por respeto, porque esa era
"su" casa, desde donde seguramente hizo muchos
milagros. Se trataba de una talla muy hermosa, hecha con
maestría en una madera color ámbar, me dijo ese hombre sensible,
una talla antigua de alguien que manejó sus manos con un
signo divino, de un artista cuyas manos fueron guiadas por
Dios. Solo así pudo haber creado tan hermoso rostro, esa
preciosa cabellera rubia y aquellos pliegues de su túnica
mostrados magistralmente tan naturales.
Toda esa belleza, me confesó emocionado mi amigo, despertó
en mí una veneración especial. La quería, la respetaba,
y la amé muchísimo, me susurró mirándome fijo a los ojos
Y añadió: nosotros, que no profesamos la religión, que no
la practicamos, que discutimos muchos dogmas de la Iglesia,
sentimos un amor religioso por esa Virgencita milagrosa.
¡Cuánto la queríamos!
Hizo un largo silencio...y continuó hablando muy despacio,
recordando aquel infarto y triple bay-pas que tuvo que afrontar
hace unos años. Le quedé tan agradecido al cirujano que
me operó, añadió tembloroso, que le regalé la virgencita,
porque no tenía otra manera de pagar esa, para mí, tan grande
deuda de gratitud y porque, conociéndolo un buen creyente,
estaba seguro que le iba a dar todo el valor espiritual
que encerraba. Pero pasó el tiempo, continuó con brillo
en sus ojos celestes y comencé a recordarla con pena, con
dolor, porque un buen día comprendí que me había desprendido
de algo muy valioso para mi espíritu, porque me di cuenta
que ella era la forma en que Dios quiso hacerme acercar
a Él. Y lo estaba consiguiendo... pero yo la regalé. Por
eso, en un arranque de nostalgia, se confesó, de profundo
dolor, en una noche lluviosa, sintiéndome muy solo, me brotó
la necesidad de conversar con mi virgencita de madera de
largos cabellos de oro y con emoción le recordé aquella
circunstancia en la que mi corazón agradecido hizo que la
obsequiara a quien me salvó la vida. Y me leyó estos versos:
Porque te tengo lejos, te lloro,
Virgencita de madera.
Tú sabes por qué te lloro.
Ya no puedo acariciar
tus largos cabellos de oro.
Aquellos ojos de fuego
que daban calor a mi alma
están tan lejos de mi...
Tú sabes por qué te lloro
Virgencita de madera.
Aquellas velas que puse
a los pies de tu figura,
eran por tu hermosura,
por tu amor y tu ternura.
Virgencita de madera,
tú sabes por qué te lloro.
Cuando en aquella ocasión
la muerte me tironeaba,
tú me mandaste la vida.
Un
hombre trajo la ciencia,
porque
Tu Luz ya tenía.
Lloro
de noche y de día,
Virgencita de madera.
El
pago yo no podía
darle
en forma de mi vida
porque
otra cosa sería
poca
cosa por la mía.
Cuando
en sus manos te puse,
con
lágrimas y temblores,
tú
sabes Virgencita
de
mis penas y dolores.
Tú
sabes por qué te lloro
Virgencita de madera.
¿Saben
cómo termina este cuento? Casi balbuceando, conmovido, ese
hombre lleno de libertad, me susurró que cuando llegó a
su casa, tres días después de haber tenido esa charla, para
mi una hermosa oración, se encontró, sin duda, con un milagro
de esa Virgencita de madera, de largos cabellos de oro.
Me anunciaron que una de mis hijas queridas estaba embarazada...y
me dije que esa Virgencita volvía a casa en ese niño, para
probar mi amor, mi fe y mi bondad...
En ese momento me pareció sentir que corrían más bravías
las aguas del majestuoso Paraná y que el oleaje se agitaba
movido por una brisa que descendía desde lo Alto...
Miguel
Angel
Jubilado
Av. Melián 2321, 5º "3", (1430), Capital Federal
79 años
Hobby: Tratar de saber más y ser útil.
Comentarios: Me pareció que este relato puede ser un testimonio
lindo en estos tiempos
El Confesionario - Comentarios sobre el texto
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Comentarios de los lectores |
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12/09/2009 21:27:11 »» isabel:
hermoso testimonio, en un momento que yo tambien quise enviar por Internet un los amo a Dios y la Virgen. Que casualidad yo tambien tengo en casa una virgencita de madera que habia quedado descartada en el hospital, es pintada en doradito, me la regalaron porque soy creyente. con afecto. isabel |
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