LA
CONFESION DEL DIRECTOR
No
hace mucho, apenas unos días, en un taller de guión tuve
la posibilidad de escuchar al coordinador durante casi
media hora. Qué hacía? Leía, leía con pasión, sintiendo
cada palabra y viviéndola a través de cientos de gestos.
Si teatralizaba, no, sólo leía.
Posteriormente, cuando concluyó, no pude más que apuntar
el texto para que un día más tarde el autor forme parte
de mis libros a través de dos de sus ejemplares.
Esta imagen sencilla me provocó consecuentemente otra,
era una maestra que cuando asistía a los siete, ocho,
o nueve años a clase exclamaba con seguridad y sin posibilidad
de réplicas: "Tienen que leer, tienen que leer, tienen
que ...".
Ambos invitaban a participar del mundo de la escritura,
un espacio de sensaciones que exige una primera decisión:
abrir una puerta para ingresar. Sólo así uno tiene la
posibilidad de permanecer eterno o decidir fugarse.
A veces me preguntan cómo surgió la idea de comenzar El
Confesionario. Quizá por ello vuelvan estas imágenes,
y comience a vislumbrarse con mayor claridad por qué construir
un espacio para difundir "escritos de la vida".
La
razón es sencilla. Es para abrir las puertas, para permanecer
eternos, para no fugarnos.
Juan
Manuel Valentini
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