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AIRE
PURO...
Estaba
en una choza, con algunos amigos del barrio. Ellos eran
mis vecinos, y con ellos nos reuníamos con mi hermano cada
tarde o cada noche para jugar.
En ese momento estaba dentro de una choza que habíamos construido
con mucho esfuerzo y dedicación. No tengo la certeza de
recordar cuántos éramos. Posiblemente estaba con mi hermano
Facundo, con el hijo de Marcelino, que todavía tiene su
despensa frente a mi casa, y con Juan Pablo, un amigo muy
importante que vivía a media cuadra y hoy ya no está. Siempre
que lo recuerdo, y aunque sea en medio segundo de cada día,
vuelve a mí cierta sensación de tristeza, que es quizá la
nostalgia de saber que se fue una de las personas más buenas
que he conocido.
Pero en el recuerdo él estaba con nosotros en la choza.
Mirando atento, expectante ante cualquier amenaza que espontáneamente
pueda surgir desde el exterior.
En aquel momento, dentro de la choza teníamos unos tarros
con piedras, la mayoría eran restos de tejas rojas que nos
servían para sentirnos seguros frente a cualquier peligro
que pueda aparecer. Recuerdo que esa choza había sido hecha
con el esfuerzo de todos, y representaba para nosotros la
alegría que se siente cuando uno disfruta lo que ha construido.
Como pensábamos que debíamos estar protegidos y teníamos
que cuidar nuestra construcción, decidimos hacer pozos en
el camino que conducía a ella. A todos los tapábamos con
ramas y hojas, y quedaban tan disimulados que no era extraño
que alguno de nosotros cayera en uno de ellos. Cada vez
que esto sucedía, todos nos reíamos e íbamos corriendo a
ver a la víctima. Después, claro, arreglábamos la trampa
hasta dejarla intacta.
Pero quizá nuestra arma más ingeniosa, no eran los pozos,
ni las piedras, sino una extensa soga muy finita que habíamos
hecho anudando retazos de unas gomas con otras, hasta lograr
una larga línea que terminaba colgando de la rama de un
árbol. En su extremo, le habíamos atado una piedra que pendía,
sostenida por la rama, y suspendida en el aire. Lo ingenioso
del invento estaba en haber dejado semi-gastada la parte
de la goma que se rozaba con la rama. Esto hacía que cuando
nosotros tensábamos y aflojábamos la soga desde la choza,
con leves movimientos, la goma se cortara y la piedra cayera.
Cada vez que probábamos esta trampa nos convencíamos que
era perfecta, y nos sentíamos orgullosos de ella.
Sin embargo, a pesar de todas las precauciones que habíamos
tomado, un día, cuando llegamos al descampado, nos encontramos
con la choza destruida. Sus troncos estaban quebrados, el
techo derrumbado, y hasta los tachos de piedras estaban
desparramados por el suelo. Todos nos quedamos callados,
mirando nuestra choza, imperturbables. Recuerdo la mirada
de Juan Pablo, que estaba apartado unos metros. Sus ojos
estaban rojos, y su rostro permanecía tenso.-
Juan
Manuel Valentini
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