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MIL
Allí
estabas, impecable, intacto y soberbio. Nos hablaste hasta
asustarnos, vaticinaste hasta el hartazgo. Y sin embargo
ahora estás ahí, escapándote de tus promesas, huyendo sin
decirnos absolutamente nada.
Hoy te quiero hablar a vos, frente a frente. Mirándote y
exigiéndote que me mires, e imponiéndote que me escuches.
Te voy a recordar que las hojas, no se han marchitado, siguen
allí. Siguen allí los juguetes y los niños. Siguen allí,
las plazas y los abuelos, y allí también siguen decenas
de hombres, y siguen también sus circunstancias.
Sabés, merecerías que te gritemos por habernos mentido.
Que seamos miles de voces las que te recordemos que te equivocaste,
y te señalemos por irte sin darnos explicaciones.
2Mil. Confieso que me asustaste cuando era un niño. Te veía
inmenso, poderoso, temible. Pero ahora te vas, y a pesar
de todo quiero despedirte.
Dejemos de lado la traición, tus trabas, y principalmente
tus jugadas perversas: tus trampas, tus bajezas. Recordemos
entonces algunas de tus mejores imágenes. Si sé, me regalaste
una de las conversaciones más perfectas con una anciana,
mientras viajaba en tren. Gracias por sentarla junto a mí
y dejarme ver los recovecos que frecuentemente quedan simulados
en la vida. Canciones, colores, personas y amigos; los invitaste,
y te agradezco.
Está bien, disculpame si por momento te he herido. Te propongo
que hagamos las pases. Dame un abrazo y "choque la
cinco". Te vas, y te despido.
Juan
Manuel Valentini
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