El Veredicto

Sería primer o segundo grado cuando la maestra mandó a llamar a mis padres. Algo que ocurría a menudo cada vez que el docente creía conveniente citarlos. Los temas podían ser diversos, pero siempre tenían relación con el desempeño del alumno.

Apenas se enteró mi madre sabía que tenía algo importante que hacer y se dispuso a ir a la reunión. En el día indicado llegó para presentarse a la hora fijada.

La maestra apareció de repente, saludó a mi madre y habló de trivialidades. Cuando encontró el momento apropiado dijo:

- Juan Manuel tiene serios problemas, sería conveniente que lo lleve a la escuela especial

Mi madre escuchó atenta las palabras. El diagnostico estaba hecho y la sentencia definida.

La escuela especial en Pringles es la llamada diferenciada. Un lugar donde el amor es la norma que logra abrazar a chicos que tienen serios problemas de aprendizaje. Aquellos que la sociedad dice que “no son normales”.

Al escuchar la recomendación, mi madre intentó indagar los motivos del veredicto. Para saber qué sustentaba con tanta determinación la sugerencia de que me cambien de colegio.

- Empieza a escribir en el comienzo del renglón y termina en diagonal casi en el extremo del cuaderno – dijo la maestra.

Era cierto. Mis primeras letras empezaban donde se debe escribir. Pero la oración terminaba casi en el extremo inferior de la hoja. Semejante particularidad fue suficiente para el juicio final.

- Juan Manuel es un chico especial. Juan Manuel tiene que ir a la diferenciada.

Las palabras retumbaron en la cabeza de mi madre. Las escuchó estoica y se las llevó para siempre. Pero me tomó de la mano fuerte y nos fuimos ese día del colegio.

Yo no sabía qué pasaba conmigo. ¿Por qué mamá estaba tan triste? ¿Cuál había sido el motivo? ¿Qué había hecho?

Casi corriendo, salimos del colegio. Nos subimos al auto y terminamos sentados en la mesa del comedor. Sólo el ruido del televisor perturbó al silencio de aquel almuerzo.

A los pocos días el nuevo diagnóstico arrojaba el resultado. La palabra se llamaba “motricidad” y el desafío se imponía entre la obsesión de la maestra por llevarme a la diferenciada y la de mi madre por normalizarse.

La mesa del comedor diario de mi casa cambió pronto de fisonomía. Cientos de fideos se agrupaban entre distintos hilos con el objetivo de que yo adquiera la destreza. Y sea capaz de enhebrar tantos fideos como para atenuar la motricidad y permanecer en el colegio de mis amigos.

Numerosas tardes de juego cambiaron el escenario. Un televisor prendido, una novela y muchos fideos entre hilos de coser. El desafío estaba planteado, la motricidad y yo nos enfrentábamos a muerte sin mediar palabras.

Hoy no puedo evitar recordar a mi madre tomándome de la mano, sacándome del colegio. Llevándose un nudo en la garganta. Cargada de silencios.

Me inquieto al descubrir que no sé el nombre de aquella maestra. Nunca lo pregunté.

Si se hubiera impuesto su juicio hoy no estaría escribiendo estas breves líneas. Y no sentiría el placer de poder agradecerle a mi madre. Todo en un mismo renglón.

Bien derechito.

Juan Manuel Valentini


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