Sin capa ni antifaz la injusticia solía desatar mi bronca para ponerme en acción. Cómo podía ser que salga airosa en determinadas circunstancia. Impune y bella para volver a coquetear?
Así que cuando la injusticia se presentaba en seguida me ponía en guardia:
-Alto ahí. A dónde se cree que va?
Frente a frente luchaba. Por momentos la doblegaba. Pero con frecuencia, primero me torcía el brazo y luego me vencía.
Contra el suelo y desangrado, sólo me quedaba espacio para ver cómo se alejaba burlona y con las manos ensangrentadas.
Con el tiempo fui aceptando que no podría contra tanta injusticia. Se había propagado como un cáncer difícil de extirpar. Lo que me provocó cierto repliegue en la lucha.
Ahora ando más relajado por la vida. Aunque atento. Por suerte aún conservo la capacidad de ponerme en guardia. Siempre dispuesto a hacer justicia.
No vaya a ser que la injusticia se relaje. Y disfrute al caminar.
¿Alguien la vio?
Juan
Manuel Valentini