La casa de Pablo

Después de cinco días de trabajo intenso, mi padre tiene muy claro lo que hay que hacer. Disfrutar.

La elección apareció entre los dos de repente. Así que la decisión fue muy clara. Juan votó la nieve, Carlos el recorrido por las ciudades.

La disyuntiva se resolvió rápido. A las ocho de la mañana nos recibió entre abrazos y besos el taxista dispuesto a llevarnos de paseo. Ibamos primero a Viña del Mar y luego a Valparaíso.

No está mal.

Cargamos las valijas porque sobre la tardecita salíamos directo para la Argentina. Nos acomodamos en el taxi y empezamos a disfrutar.

La niebla de los primeros kilómetros no impedía que veamos la nieve. A quien despedíamos muy atentamente.

El viaje pronto se transformó en una fiesta. Luis sabía que nosotros la queríamos pasar bien. Nos había llevado en un par de oportunidades y se había divertido bastante. Así que apenas apretó el acelerador salimos a festejar.

Entre fotos hablamos de Chile, de su vida, el clima, los lugares, sus recuerdos de un padre postizo argentino y numerosos temas más.

“Primero Viña del Mar y luego Valparaíso” –sugirió Luis.

“De acuerdo”, dijimos con mi padre.

Pasamos por Viña del Mar, vimos el anfiteatro donde se hace el tradicional festival de música, recorrimos el centro y paramos en la playa

Clic.

Seguimos, llevándonos el recuerdo.

En pocos minutos nuestros ojos vieron montañas repletas de casas pintorescas. Sobre el colorido una especie de vagones que subían las montañas con el objetivo de llevar la gente hasta sus casas.

- Frená por ahí, Luis. Subimos -dijo mi padre.

El vagón que prometía llevarnos ofrecía más dudas que certezas. Una señora que parecía sacada de cuatro décadas atrás nos indicó que debíamos subir al vehículo derruido. Mientras una abuela también se sumó al clima familiar que conformamos, porque iba hasta su casa que estaba arriba.

Fue ahí cuando aparecieron las palabras perfectas

- A dos cuadras de donde subimosestá la casa de Neruda –dijo la abuela.

No era mi cumpleaños, pero el regalo había caído del cielo.

Dios existe.

-Vamos -dije antes de que la mujer termine su frase.

Mi padre no sé qué votó en esta oportunidad. Pero apenas arribó el vagón a la cima caminaba con destino conocido. Cuando me alejé unos metros veía que mi padre mostraba cara de desacuerdo, mientras se esforzaba por tratar de subir la montaña.

-De la plaza que está a dos cuadras, a la vuelta -dijo la mujer, que a esa altura disfrutaba conmigo la noticia que nos había dado.

Casi con el último esfuerzo llegó papá hasta la puerta. Entonces, nos paramos en la entrada expectantes..

Clic.

Con otro recuerdo prometedor, entramos decididos. Pero al final de la escalera nos dijeron que debíamos bajar porque en otro sector se vendían las entradas.

- Yo voy. Vos qué hacés?, provoqué a mi padre que refunfuñaba del cansancio.

Quienes lo conocen, saben que no es ningún tonto. Así que en unos minutos estábamos los dos en la recepción viendo cómo nos cortaban las entradas.

Cinco pisos. Numerosos ventanales.

Anduvimos felices recorriendo la casa del poeta. Rápido descubrimos que su talento no estaba sólo en la poesía, sino también en su elección de vida.

Pablo era más genio de lo que pensábamos. Y sus poesías más lindas de lo que creíamos.

Entre mi padre y yo estaba alborotada la alegría. Otra vez la felicidad, otra vez agradecerle a la vida.

Casi amigo de una de las personas que cuidaba, la escena estaba lista para la última toma.

Uno, dos, tres…Clic.

La Casa de Pablo

Juan Manuel Valentini


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