Subo al escenario con decisión, reitero. Se abre el telón y aparezco. Miro al público y me quedo apenas un instante en silencio. Como nadie aplaude, empiezo a escribir.
Después de salir al escenario, quedarme en silencio y empezar a escribir, suelo retroceder. Hecho la vista hacia atrás y busco la salida. Tomo la previsión empujado por una sensación extraña pero permanente. Quizá sea sólo el instinto de preservación de la especie. Dicho en palabras más simples, el temor a los tomatazos o los chiflidos espontáneos.
Segundos después, el instinto se esfuma, la cabeza se estabiliza primero, y luego se inclina hacia delante. Sigo.
Logré tranquilidad cuando descubrí que los abucheos no tendrían importancia y le resté relevancia a los aplausos. La armonía llegó como una bailarina que quiere atraparme para danzar un tango.
De manera que bailo, por eso escribo. Me inhibo un poco si miro a lo lejos la cara de algún hombre que se muestra serio y bigotudo. Pero sigo con la vista en la multitud, como una técnica para obviarlo.
Escribo mis confesiones con el riesgo de que pasen desapercibidas. Que las dañe la sociedad de la indiferencia y que queden moribundas sin pena ni gloria.
Mis dedos se detienen. Vuelvo a leer el párrafo anterior. Los dedos se detienen de nuevo. Vuelvo nuevamente a leer el párrafo.
Doy vuelta la cabeza hacia atrás. Miro la salida. No hay nadie que obstruya la puerta.
Camino. Camino…
Juan
Manuel Valentini