La sociedad se ha simplificado volviéndose más práctica porque renunció a la búsqueda de significados que siempre fueron escurridizos.
Esta es mi hipótesis. Así que a tomarla y seguir leyendo, o a apagar la computadora.
Permiso, paso al frente.
La verdad, la justicia, el amor, la muerte. ¿Dónde están? ¿Alguien los ha visto?
¿Yo señor? No. Yo he visto listas de best seller que poco o nada tienen que ver con los grandes temas que en otras épocas obnubilaron la atención de la sociedad.
Los libros más vendidos hablan de diversos temas. Pero tienen un eje en común: son entretenidos. Y está bien que así sean.
Ahora, de los grandes temas, no hay noticias. Así que todos respiramos, dormimos y soñamos sin hacernos demasiados problemas. En silencio y mirando para otro lado, marchamos hacia la muerte que seguro nos espera desprevenidos.
He prendido el televisor y la radio. He hablado con el vecino, el portero, la jovencita y el abuelo. Y he abierto revistas, libros y diarios.
Silencio absoluto.
Hace seis, siete o más años, yo mismo he buscado el significado. Corría con ansias detrás de las metáforas que ordenaran algunas síntesis y calmen el intelecto. Pero la verdad huidiza no se ha dejado atrapar. Y he decidido marcharme a jugar con los niños.
Ni Platón. Ni Aristóteles. Ni Santo Tomás. Ni Hegel. Ni Sócrates. Ni Unamuno. Ni Nietzche. Ni Descartes. Ni Sabato. Ni Mariano. Ni José…
¿Juan Pérez? ¿Por qué Juan Pérez podría encontrar la explicación si no lo han conseguido antes tantas personalidades notables? “Está bien, Pérez. Vaya, vaya a ver el partido de fútbol y a comprar la revista que tanto le gusta”.
Vuelvo a mi hipótesis. Yo pienso que la falta de una explicación sólida sobre la muerte y su imposibilidad por dilucidarla han impulsado un ser humano más práctico y menos problemático. Es decir, menos predispuesto a navegar entre conceptos de futuro incierto y de características vulnerables.
Así que ante la falta de expectativas sobre la posibilidad de generar una voz convincente y tranquilizadora, el ser humano resolvió cerrar los libros y subirse a la calesita.
En el medio, aparece la señal de la cruz. La fuerza de la fe, como ente supremo.
Ante la duda, estamos cubiertos.
Yo no culpo a la distracción como método de fuga. Me inquieta la resignación en la búsqueda. Me preocupa la distracción de la telenovela. Y me pregunto si moriremos, sin más remedio.
Eso es todo.
Juan
Manuel Valentini