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EL
DON
Hace
varios años mi padre me llevó hasta mi pieza.
Prendió la computadora y me dijo:
-Ahora vas a ver, Juan.
-¿Y ese ruido? –pregunté.
El ruido era de la computadora que se estaba conectando
a Internet. Mi padre quería mostrarme como con
teclear unas teclas uno podía hablar con mexicanos,
venezolanos, etc.
El luchaba en silencio con la máquina mientras
yo contemplaba la situación. Sus ojos estaban centrados
en la pantalla, y una gota de transpiración comenzó
a correrle por la cara.
¿Valdrá la pena tanto sufrimiento? –pensé.
Pero no dije nada.
-Ahora vas a ver, –amenazó otra vez mi padre.
Como quien tiene un tesoro escondido y se dispone a revelarlo.
El programa de chat se abrió casi por milagro.
Y numerosas personas de todo el mundo estaban dispuestas
a hablar entre ellas.
-Ahora sí –dijo. Y cuando no había
terminado de pronunciar la frase, quedó sentado
en la cama, mientras yo me acomodaba frente a la computadora.
Se fue rápido y quedé solo. Era todo un
mundo de gente para mí. El plato estaba servido,
de manera que comencé a conversar.
-¿Conocés la teoría del don? –dije
sin darme cuenta a una persona que se cruzó en
el canal.
Y luego intenté decirle que la sociedad se enriquecería
si a cada persona la guiaría su don. Teniendo en
cuenta que el don siempre sería un atributo positivo
para la sociedad.
Hablé de que los modelos atentan contra la originalidad.
Y que cada persona debe potenciar su don.
¿Salto en alto?, ¿Comicidad?, ¿afecto?,
¿cálculos?, ¿rayuela?.
¿Por qué nadie camina por las calles con
la nariz de payaso?
En
síntesis, decía que si cada persona potenciaba
su don, la sociedad se enriquecería por el aporte
individual de cada uno. Y todas las personas serían
valoradas, ya que su singularidad marcaría su existencia.
Terminé la conversación con una frase que
adopté para las charlas de chat:
No te olvides de ser feliz!
Y me fui, con la teoría del don a otra parte.
Juan
Manuel Valentini
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