EL DIEZ

Mi padre avanzó entre la gente y llegó a la ventanilla. Intercambió su mirada entre la señorita que lo atendía y mi persona. Sólo atiné a confirmarle el caballo que a él lo convencía. Así que sacó la billetera e hizo las apuestas.

Nos fuimos con tres papeles y muchas dudas. Llevamos una trifecta, o algo así. También un boleto que debía acertar el orden de llegada exacto de cuatro caballos y dos ticket en favor de dos posibles pingos ganadores.

La carrera estaba por comenzar cuando vimos la tribuna. Era un mundo de gente que tenía sus ojos apuntados hacia la pista, donde estaban los caballos. Muchos murmullos y varios gritos aislados nos hicieron presumir que la largada era inminente. Así que subimos los escalones de la tribuna con la vista clavada en la grilla de partida.

Largaron! –Pareció escucharse. Y la gente empezó a gritar mientras los caballos se disputaban el primer lugar.

Pronto supimos que el diez no ganaría. Había quedado rezagado en el último pelotón, y estaba a varios cuerpos de los caballos que lideraban la carrera.

- Se sabía, fijate que el caballo es de los que más pagan. Eso es porque no es bueno. –le dije a mi padre con remordimiento.

Los caballos pasaron frente nuestro y pude comprobar con total claridad que el diez retrocedía y quedaba casi fuera de competencia.

Por un momento los gritos parecieron apagarse. Alejados de la tribuna era imposible percibir la posición de los caballos cuando corrían por el extremo opuesto. Así que nos quedamos callados para ver qué decía el locutor por los parlantes.

- Avanza el diez…-escuché con nitidez. Mi padre acusó el codazo y sintió en su oído que el diez avanzaba y que nosotros teníamos el boleto.

Empezamos a gritar como locos cuando los caballos se acercaban.

-Vamos diez, vamos diez –decíamos al unísono mientras saltábamos en la tribuna.

Faltaban cincuenta metros para el disco cuando vi que el nueve también había ganado posiciones.

-El nueve, pa. El nueve también lo tenemos –le grité al oído. Y remplacé la palabra “vamos diez” por “vamos”. Lo hice sin darme cuenta, a riesgo de que me escuche el director de un manicomio.

Pasaron los caballos como un relámpago y vimos que se acercaron a la meta. El diez arremetió con fuerza sobre el final y superó a sus competidores. El nueve ganó posiciones y terminó en segundo puesto.

Los gritos se transformaron en abrazos. Y los abrazos mutaron a saltos. Recorrimos la tribuna dando vueltas entre saltos, gritos y abrazos. Apoderados por una sonrisa interminable.

Después de tanto gritar, sacamos los tickets para confirmar la apuesta. Había ganado el diez secundado por el nueve. Los dos caballos que figuraban en el papel llamado algo así como trifecta.

Mi padre corroboró nuestra apuesta, mientras dos ocasionales amigos que se acercaron calculaban nuestra suerte.

Cuando la euforia se apagó, mi padre puso los tickets en mis manos. Y me dio sólo dos indicaciones. Debía comprar boletos para todos. Y tendría que quedarme con el premio.

¿Cuánto gané? Habría que averiguar cuánto se cotizan abrazos de padres de más de cincuenta con hijos de 28.

Juan Manuel Valentini


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