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MARIA SANTANA
Era chico, un niño. Cuando el reloj marcaba las 21 terminaba una serie llamada “Pelito” y me iba a dormir con mi hermano, Facundo. Detrás, y a los pocos minutos, llegaban mi madre con mi abuela Dora.
Con Facundo nos tirábamos en la cama y esperábamos que ellas vengan a la habitación. Algo que ocurría siempre. Entonces, mi madre y mi abuela se sentaban una en cada cama. Nos hacíamos la señal del vía crucis y empezábamos a rezar en voz alta. Eran rezos breves, un padre nuestro, un Ave María y un final para agradecerle a Dios y para pedirle que nos cuide.
Hoy recuerdo los intensos días de invierno en Pringles, cuando estaba tapado hasta el cuello con una colcha verde, mientras mi madre y mi abuela se sentaban en las puntas de las camas. Con la vista clavada en nosotros.
Después de rezar, empezaba la fiesta.
¿Qué cantamos? –Preguntaba mamá-
Yo insistía con una canción que se llamaba “Santiago Querido”, y Facundo reclamaba cantar “Cachito”. La respuesta nuestra era siempre la misma y el show no variaba demasiado.
Así, nos lanzábamos al recital. Mamá y la abuela empezaban a cantar la primera canción. Para después seguir con una más, otra y otra. Y otra más.
Recuerdo entonar “La mar estaba serena…”, por ejemplo. La abuela era la cantante oficial de esa canción. Inflaba los cachetes y agrandaba los ojos. Compenetrada, parecía que cantaba para una multitud, en vez de hacerlo para un público reducido. Los aplausos sonaban igual.
Eran unos quince minutos de alegría antes de que nos venga a buscar el sueño.
Aunque pasaron muchos años de aquellas circunstancias, todavía puedo cerrar los ojos y quedarme en silencio para escuchar alguna canción.
“María Santana por qué llora el niño, por una manzana que se le ha perdido. Yo te daré una, yo te daré dos, una para el niño y otra para vos”. Juan
Manuel Valentini
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