EL VIAJE A EUROPA

Yo crecí escuchando hablar sobre “El viaje a Europa”. Desde chico, mis padres nos contaban que irían a Europa. Que viajarían juntos, y que seguramente partirían a fines de año.

Las circunstancias se repetían siempre. En cierto momento se hablaba de ese viaje. Era imposible que el tema no surja en diversas ocasiones durante el transcurso del año.

La idea era sencilla. Papá la tomaría del brazo a mamá, le diría “para allá”, y saldrían sin mediar mayores explicaciones. Mamá, haría las valijas con la cara desbordada de ilusión y se despedirían diciéndonos que nos cuidemos y que de regreso nos traerían el ansiado regalo: una computadora.

Es que el viaje a Europa, tan soñado por ellos, venía con esta realidad siempre anhelada por mis hermanos y yo. Cada vez que aparecía el tema del viaje, mamá no olvidaba decirnos: “Cuando vayamos a Europa les traemos la computadora”.
El tema del viaje a Europa me acompañó durante toda la infancia. Pero el viejo continente se mantuvo siempre tan distante de mis padres, como la computadora para mí y mis hermanos.

Por una u otra razón se suspendía todo. El año finalizaba y ese, justo ese año, cuando seguro iban a viajar, se frustraba el tan ansiado suceso. Entonces, nacía un momento de duelo que duraba apenas unos días.

La rutina empezaría al año siguiente. Otra vez estaba la posibilidad. Otra vez papá podía organizar todo y conseguir el dinero que necesitaba. Otra vez mamá haría las valijas con cara de ilusión. Y otra vez quedaríamos con mis hermanos viendo como se iban y esperando la computadora.

Los años pasaban y, a pesar de que mi padre trabajaba intensamente, el viaje a Europa nunca ocurría. Fue siempre una metáfora inalcanzable. Con el tiempo, los jueguitos tan anhelados, que veía en la computadora de mis primos, dejaron de interesarme. Había pasado mi infancia.

Hoy recuerdo hablar de ese viaje y las situaciones que provocaba. Vuelvo a ver la noticia que da mi padre. “Viajamos”, dijo al cabo de muchos años. Estábamos todos sentados junto a la mesa del comedor cuando apareció de repente para hacer el anuncio. La voz se sintió como un grito y con mis hermanos no pudimos más que sonreírnos.

Tiempo después nos saludaban diciéndonos que nos cuidemos. Llevaban las valijas repletas. Y la cara feliz.

Yo no tuve la computadora de chico, que tanto quise para jugar a los jueguitos. Con el tiempo dejé de interesarme en ellos, ya no me importaban.

Hace unos días recordé las conversaciones sobre el viaje a Europa. Conseguí el Pacman y lo instalé. Recién jugué una partida para ver qué sentía. Miré cómo me comían los fantasmitas. Apagué el juego.

Y escribí esta confesión.

Juan Manuel Valentini


El Confesionario - Comentarios sobre el texto
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20/06/2007 14:52:02 »» Anónimo:
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