EL EXAMEN

Mi madre prendió velas y quedó en silencio. Con la mente fija en un miércoles a las 15.30. Ese día, yo recibiría los resultados de un exhaustivo examen médico. Era una prueba de pies a cabeza que revelaría mi condición física. Era también la síntesis que se produciría entre el fantasma de la enfermedad y el anhelo de la salud impecable.

A mí, mi madre no me dijo nada. Ella sabía que yo estaba algo preocupado y ansioso por saber los resultados. Ocurre que no es frecuente que me someta a estudios médicos, por eso creo que estaba algo nervioso.

Sin embargo, unos días antes de que me comuniquen los resultados me tranquilicé. No hubo ninguna señal objetiva que me haga olvidar los nervios, aunque tuve una certeza. Desde el día en que mamá me preguntó por los exámenes, sabía que iba a rezar para que todo salga bien. Y así lo hizo, con su cuerpo y mente.

No sentí nada extraño. Apenas una caricia al alma. Suave y cálida. Fue desde ese momento cuando supe que todo saldría perfecto. En verdad, no tenía ningún motivo para preocuparme por nada. Sólo acecharía la mala suerte y los caprichos del destino, si algo salía como no estaba previsto.

Creo que los ruegos de mamá llegaron hasta el cielo y volvieron a la tierra a abrazarme. Mi silencio se tranquilizó y la vida volvió a ser la misma, con los mismos colores y los mismos sueños. Volví a levantarme con los ojos mirando bien lejos. Salí caminando una vez más.

Recién acabo de cortar el teléfono. La llamé para avisarle que todo había salido perfecto. Noté en su voz la calma de esperar un resultado previsible. Escuché también la alegría que le provocó confirmar su certeza.

-Qué suerte, Juan, ¿ahora que falta?, -me preguntó aliviada-.
-No sé, creo que está todo completo. Me dijeron que van a llamarme, -le conté-.
Y enseguida me pasó con papá que aguardaba la buena noticia con las mismas ganas que lo había hecho mi madre.
-Que bueno, Juan. Venite, -sugirió-.
Le dije que no podría, que esperaba que me llamen de nuevo. Fue entonces cuando dijo:
-Que suerte Juan que todo salió bien. Mamá hacía unos días que había prendido unas velas.

Nos despedimos. Quedamos en silencio agradeciéndole a Dios. Hoy recuerdo una frase que escribió mi padre, en un e-mail que me envió hace varios años. “Dios le ha dado una mano a nuestra familia. No se la soltemos nunca”.

Juan Manuel Valentini


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