EL POZO

Muchas veces he sentido ganas de que ustedes, que leen este espacio, puedan verme en el momento en que lo escribo. ¿Por qué?, porque pienso que nos permitiría estar más cerca. Por la misma razón en distintas oportunidades pienso que sería fantástico ver a cada uno de ustedes en el momento en que leen este escrito. Les confieso que los he imaginado con distintas caras: desconcierto, alegría, pausa, enojo. Sí, delante de este escrito los he visto. Allí estaban (y están) personitas de quince años y también abuelos de ochenta y cuatro. Y aquí están, leyendo una vez más. No hacen mal, continúen.

Hoy les voy a contar un recuerdo de mi infancia. No sé por qué pero estos veintisiete años se han empecinado en volver mi vista atrás y revivir los momentos de aquellos tiempos. En estos días siento el irrefrenable deseo de encontrar aquel pequeño que lo veo un poco lejos, pero que quisiera tomarlo de la mano y llevarlo por la vida. En verdad quiero aferrarme a él porque, en definitiva, sé que tendría mucho que aprender. En fin, salto a mi infancia, me pongo el traje de pequeño (quizá un casco rojo fantástico) y les cuento el recuerdo.

Me gustaría titularlo: “El Pozo” y empezar diciendo que en la Argentina los veranos son escasos pero interesantes. Principalmente cuando uno era pequeño, no entendía de desocupación, ni lo obsesionaba la búsqueda de un trabajo rentado. Por entonces uno salía por la vida a jugar y recorría los veranos con la intensidad de cada minuto, gozando del sol, los días calurosos y disfrutando también los partidos en la arena que se jugaban en plena lluvia y con un viento increíble.

Aquellos veranos están repletos de recuerdos, si los tuviera que vender, no los empeñaría. Desde siempre conozco mi capital y no descargo de la mochila ni una sola de las situaciones que hoy me permiten descubrir que valió (y vale) la pena estar en este mundo para vivir. Sin más prólogos, ¿nos metemos en el pozo?

No era difícil, había que hacer un pozo en plena arena de Monte Hermoso, una de las ciudades balnearias más espectaculares de la Argentina. Lo importante era cavar el pozo con pasión, terminarlo rápido para empezar el juego.

Entonces, nos disponíamos todos, éramos cuatro o cinco, y al cabo de unos minutos habíamos logrado la profundidad que necesitábamos. En esos momentos se empezaba a presentir la alegría que nos aguardaría minutos más tarde.

El pozo no era capricho de chicos, era nuestra trampa perfecta. No sé como, pero lo habíamos pensado con total precisión y lo construíamos de manera impecable, siempre en el lugar estratégico.

Como yo era el más flaquito “tenía todas las fichas” para entrar al pozo y dejarme tapar por mis amigos. La verdad es que no sé si me gustaba, pero lo hacía porque después disfrutaba. Pocos segundos tardaban en taparme hasta la cabeza, hasta que finalmente quedaba el cuerpo enterrado y mi cara descubierta.

En ese momento sabíamos que la trampa estaba lista y que sólo debíamos esperar a nuestra víctima. La situación era sencilla, mis amigos se sentaban a unos cinco metros de donde estaba yo. Cuando veían que podía llegar una persona interesante corrían hasta mí, me tapaban la cara con una remera y volvían hasta el lugar donde estaban tirados, generalmente con la pelota de fútbol en la mano.

Yo quedaba completamente tapado y al mismo nivel del piso, de manera que era imposible que alguien se diera cuenta que una persona estaba debajo de la arena.

Cuando me tapaban sabía que debía estar preparado, era el momento de actuar y hacer el papel que siempre salía impecable. La víctima llegaba hasta la trampa para alcanzarle a uno de mis amigos la remera que le había pedido.

Cuando se acercaba gentilmente hasta ella, yo sentía los pasos y me preparaba. Entonces, cuando por fin decidía levantarla desprevenido, yo lanzaba el grito más grande que cualquiera pueda pensar.

Es increíble, pero recuerdo la carcajada de todos, como si aún los estuviera viendo. Estaba Julián, Facundo, Leandro y tantos otros. Todos cómplices del mismo sentimiento.

Así vinieron hasta la trampa, una y otra vez, personas diversas. A veces eran chicos, a veces no.

En varias ocasiones volvimos a construir la trampa, en ciertas circunstancias los vecinos nos incentivaban para que la hagamos. Aunque, a decir verdad, no necesitábamos que nos estimulen.

Hoy no soy el niño que entraba sin dificultades a la trampa y se sumergía decidido. Pero si alguien, que ande por ahí, necesita un voluntario…

Juan Manuel Valentini


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