SOBRE RUEDAS

Hace dos años descubrí que me estaba perdiendo algo que era espectacular: patinar.
De vez en cuando iba a un parque y mientras tomaba mate veía como pasaban varias personas patinando. Siempre sospeché que sería interesante subirme a esos patines y hacer el intento.

Fue así como hace dos años me senté frente a mi primo Juan Pedro, que llamo “JP”, y le dije sin titubear:
- JP, ¿no me prestás esos rollers que quiero ir a patinar?
- ¿Pero sabés patinar?
- Sí, claro.
Mi sonrisa me delató. Pronto JP supo que no sabía patinar y que le estaba pidiendo una oportunidad. Un segundo bastó para que lo convenza de que patinar no era difícil y que subido a los rollers sería capaz de deslizarme sin quebrarme. Y sin estropearlos.

Me miró. Lo miré. Nos dimos la mano y me fui. Llevé en una bolsa los rollers de JP que pronto decidí probar.
Un sábado a la mañana llegué hasta el Rosedal, un lugar en Buenos Aires que tiene un lago y algo más: una especie de pista de patinaje. Es asfalto que rodea al lugar y que permite que mucha gente ande en bicicletas o patine.

Los rollers me quedaban un poco grandes. JP tenía razón, yo calzaba varios talles menos que él. De todos modos lo importante era que los rollers me entren, y me entraron cómodamente.

La primer sorpresa descubrí apenas cuando intenté pararme. Con dificultad contuve el equilibrio. Igualmente no me preocupé, sabía que en un segundo más saldría deslizándome entre la gente.

Error. Deslizarse entre la gente, como lo hacían varios que pasaban patinando, no era sencillo. Lo supe rápido, unos metros bastaron para recibir el primer porrazo.

No me importó. Lo único que sabía era que iba a patinar y que sea como fuere esa mañana terminaría deslizándome entre cientos de personas que andaban en bicicletas, rollers, a pie o en triciclo.

De nuevo de pie comprobé que me esperaba otra caída. Y otra. Y otra. Y otra más. Y una más. Y siguieron las caídas…
Me habían mentido. Indefectiblemente un tropezón era caída. Doy fe.

Como una metáfora de mi vida supe que caerse trae consigo la posibilidad de volverse a levantar. Así lo hice. Me levanté una y otra vez. Y disfruté cada tropezón.

No fueron pocas las veces que quedaba con las piernas abiertas hacia arriba y con la mirada apuntando el cielo. De reojos disfrutaba cómo sonreían los testigos ocasionales. Eso me motivó a hacer grandilocuentes las caídas y sonreír íntimamente gracias al tropezón.

Y sí. Ocurrió lo que debía ocurrir. Me deslicé entre la gente como una saeta o el viento. Como el polvillo que vuela sobre una ráfaga de luz.

Juan Manuel Valentini


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