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VALE
CUATRO
Creo
que hace dos o tres años aprendí que era
posible caer vencido. Pero aprendí al mismo tiempo
que un tropezón no es caída y que se puede
seguir adelante.
Aunque no lo crean, no estaba acostumbrado a perder. Por
esas cosas de la vida en mis manos caía siempre
el as de espadas, o el de basto. Siempre una carta que
alcanzaba para salir airoso y seguir adelante.
Es más, a veces tenía el uno de espadas,
pero mostraba el siete de oro. Era suficiente para ganar
la partida.
Sin embargo, hace dos o tres años las cartas no
me alcanzaban. Yo quería mostrar el uno de espadas
y lo insinuaba. Cuando se daba la ocasión, ponía
la carta sobre la mesa y me retiraba.
Al tiempo descubrí que mi adversario no respetaba
la carta. En realidad, no le importaba que fuera el as
de espadas o el uno de basto. Sólo quería
decirme que la carta era falsa y que había perdido.
Cuando constaté que la partida podría empezar
a inclinarse en contra de mí decidí permanecer,
no abandonar el juego. Y jugué, con mis cartas,
y con lo que puedo. No sé si tenía ya el
as de espadas, el uno de basto o el cinco de copas. Casi
no me importaba, quería seguir el juego.
Nunca hice trampa, nunca mentí, nunca insinué
tener una carta que no estaba en mis manos. Respeté
las reglas y jugué.
Aprendí a perder, y perdí. Pero lo importante
no fue caer derrotado. Lo importante fue aprender a seguir
jugando, esperar nuevamente mis cartas. Mirar serio a
mi adversario. Y cuando se dispone a doblegarme, decirle
convencido:
Falta envido !
Ganar o perder, llorar o reír. Pararse, sentarse.
Mirar los pajaritos, las gaviotas. Patear el fútbol.
Golpear la red o pegarle en el palo del arco. Pero patear
siempre, con compromiso y entusiasmo.
Quiero vale cuatro !
Juan
Manuel Valentini
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