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FALSO
DESTINO
Hay
que abrir los ojos. Caminar sigilosos, despacio. Paso
tras paso hay que avanzar en la vida. De lo contrario
la vida avanza sobre nosotros y es inevitable pensar que
vamos perdiendo la carrera.
Yo
no creo que la vida sea una carrera. Pero pienso que si
no le ganamos a la vida, la vida nos gana a nosotros.
El
futuro está allá lejos pero tiene la maldita
prepotencia de imponerse abruptamente. Juro que he escuchado
decir a los mayores que la vida los ha sorprendido “en
un abrir y cerrar de ojos”. Cuando uno menos lo
espera pasó los diez años, festejó
los quince de su hermana y cumplió 27. Si tiene
suerte los ochenta lo esperarán a la vuelta de
la esquina. Para entonces espero estar feliz frente a
una torta soplando las velitas.
Yo
no creo en el destino. Lo que llaman destino es una consecuencia
de la vida. Quien sembró espinas es previsible
que coseche cactus. En cambio, a quien sembró margaritas
le auguro mejor suerte.
Es
cierto que la realidad es espontánea y sorpresiva.
Existen los hechos fortuitos que irrumpen caprichosamente,
pero a eso yo no le llamo destino. Lo bautizo en este
instante con el nombre de “falso destino”,
porque es una denominación que tiene bien merecida,
ya que alentó durante años a la confusión.
Lo
que muchos llaman “destino” es para mí
el futuro. El cactus o la margarita. El beso o la cachetada.
El abrazo o la indiferencia.
Simula
estar lejos, casi indivisible. Pero está demasiado
cerca. Nos acompaña todos los días.
Juan
Manuel Valentini
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