EL ZORRO

Hay que escribir hasta que el dedo nos quede mocho, pensé. Entonces, mirar la hoja en blanco y llenarla de tinta. O ver la computadora vacía y dejarla repleta de dibujos. Letras y más letras que en conjunto terminan por estamparle un sentido a la máquina y la hacen balbucear.

El otro día pensé que los que escribimos giramos siempre sobre lo mismo. Como una calesita damos vueltas sobre ideas que vuelven, quizá con la esperanza de encontrar la sortija.

Yo no sé lo que voy a ser cuando sea grande. Aunque tengo claro algunos parámetros: Habré triunfado si con mis arrugas estoy disfrazado de zorro persiguiendo a mis nietos.

No sé por qué no contesté eso cada vez que me preguntaron. Recuerdo esas caras aburridas en esas conversaciones ridículas con esas preguntas monótonas:
-¿Qué vas a hacer cuándo seas grande?

Yo miraba a estas personas como si estuviera encerrado entre la espada y la pared. Sentía la obligación de contestarles rápido para que me entendieran. Médico. Cirujano. Quiosquero. Heladero. Dentista. Futbolista. Escribano. Profesor. Mecánico. No sé, necesitaba una palabra que los tranquilice para que me devuelvan la libertad.

A los mayores, vieron, les suele tranquilizar que los chicos les cuenten qué van a hacer cuando sean grandes. A los chicos les propongo, cada vez que surja la pregunta, mirarlos a los ojos y decirles con seriedad y compromiso:
- Voy a jugar al zorro con mis nietos.

Después, se despiden con una sonrisa. Se van a caminar o a juntar figuritas.

Juan Manuel Valentini


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