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DETENERSE
O CAMINAR
Está
bien. Les reconozco que el último escrito no fue
producto de mi entusiasmo. No sentí la necesidad
de saltar al teclado y escribirles como otras veces. Pero
lo que me preocupaba era transmitirles la invitación.
Y cumplí el objetivo.
Ahora
estoy algo enojado con ustedes. Los voy a retar porque
están mandando muchos textos tristes. Y, si siguen
así, me van a hacer llorar. Imagínense que
hasta pensé en proponerles una nueva sección:
“el muro de los lamentos”.
No
es que no esté permitido mandar textos tristes,
sino que entre tanta tristeza nos vamos a ahogar en lágrimas.
El
otro día leí una frase: “Nadie recibe
una medalla al final del camino por sufrir todos los días”.
La firmaba Larsen. Ese debe haber sido un tipo inteligente.
Es
cierto que la situación argentina merece más
que una lágrima. Y que las penosas situaciones
individuales justifican la tristeza.
Este
es el momento para llorar…
Desahogados,
quisiera compartir con ustedes una preocupación
existencial. Los días pasan, nos vamos poniendo
viejos. He leído varios filósofos pero ninguno
logró detener el reloj de la vida. La inyección
de la eternidad aún no la han inventado. Un escritor
dijo el otro día: “somos tiempo”. Se
terminó la discusión.
Yo
había leído muchas definiciones del ser
humano. Pero nunca una tan perfecta: “Somos tiempo”.
Racionales, simbólicos, todo lo que quieran. Pero
elocuentemente tiempo.
¿Y
la duda metódica? No, la duda metódica hoy
no está invitada a la fiesta.
Propongo
ganarle a la vida. Convencido de la oportunidad, los invito
a buscar el camino. Tenemos una única certeza:
un tiempo para recorrerlo. El laberinto está lleno
de espinas, claro. Pero entre los pozos y los cactus también
hay varias margaritas. La opción es sencilla: una
venda para los ojos o una búsqueda decidida. Detenerse
o caminar. Buenas noches.
Hay
que llorar hasta desahogarse. Después estamparse
una sonrisa y salir a pasear por la vida.
Tomar
mate con los abuelos, salir a pasear en colectivo, levantar
el barrilete, cantar “falta envido”, el árbol
de la esquina, un cuento caprichoso y el beso que siempre
llega.
Chuik.
Juan
Manuel Valentini
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