EL NIÑO QUE YO FUI

Desde que me di cuenta de que los años eran una realidad y que encaprichados vendrían periódicamente a buscarme, comprendí que debía despedir al niño que yo fui.

Sólo yo sé lo que me cuesta levantar la mano, ver alejar al pequeño y que se quede con calma, tirándome un beso.

El niño que yo fui enfrenta la situación, me mira en silencio, improvisa una sonrisa y me dice simplemente: Chau, Juan. Sabiendo tal vez que me augura un único deseo, que no me olvide de él.

No lo haré, pienso. Te lo prometo. Y camino despacio, alejándome.
No hace mucho que acepté el paso del tiempo. Está bien, me dije, que cambie mi cuerpo, que cambien mis ideas o se transformen. Y finalmente me advertí, que no cambie mi esencia.

Con el paso del tiempo pude comprobar que las personas, más allá de los giros o aparentes modificaciones, son siempre las mismas. En definitiva, mis amigos de la infancia, ahora con varios años más, son igual que fueron ayer. En la simpleza de la vida cotidiana, el niño los delata revelando sus "esencias".

Desde que surgió la idea de despedir al niño conservando su esencia, no he parado de imaginarme abuelo, ya anciano, disfrazado de zorro y corriendo con los pequeños.

A veces me pregunto cuánto del niño que fui habrá en mí. Cuánto de fantasías, sueños e ingenuidades. Cuánto de miedos, proyectos y dudas.

Y seguidamente siento la necesidad de hablarle a aquél niño: si pudiera, te tomaría de la mano, y te llevaría con tu infancia a recorrer el mundo. ¿Vamos?

En fin, de todos modos creo que aceptamos el trato. El se aferró a mi mano y juntos vamos recorriendo las calles. Si hasta me permito dudar si no fue él quien hace 4 meses sopló las velitas en el cumpleaños Nº 26.

Extrañamente este año pensé varias veces en el niño que yo fui. Y ahora, cuando el niño ya está lejos, siento la necesidad de volver a sus recuerdos con la necesidad de compartirlos.

Recuerdo el niño que fui sentado en una mesa e inquieto, justo a la hora de comer. Prometiéndoles a todos que los haría reír, que a pesar de la resistencia que impondrían sería capaz de hacerlos sonreír primero y provocarles la carcajada después.

Recuerdo ese simple momento, cuando mi papá, sentado en la cabecera, no podía disimular sus preocupaciones y con su mirada perdida veía la televisión inmutable. En verdad yo sabía que sus cosas no andaban bien y que mi capacidad de revertir su situación era demasiado acotada como para ayudarlo a resolver sus problemas. Igualmente, en distintas oportunidades hice lo que estaba a mi alcance: lo intenté.

Todo comenzaba cuando de repente les decía: "Los voy a hacer reír". Y segundos después empezaba el reto. Me ponía frente a cada uno de los miembros de mi familia y comenzaba el desafío.

Primero resistían, como fruto de su empeño. Fruncían sus rostros y se concentraban en contener el gesto serio. Pero finalmente, yo persistía, recurriendo a cosas inimaginables. Y, cuando menos lo esperaban, comenzaba a doblegarlos. Ya no podían contener el gesto y fracasaban en el intento.

Juan Manuel Valentini


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