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DOS
PARAGUAS, UNA CIUDAD
Hace
tiempo pensé en la posibilidad de cruzar la calle
y subirme a uno de los tantos colectivos que pasan diariamente
frente a mi departamento. Después, tenía la
intención de dejarme llevar por su recorrido e ir
mirando la ciudad.
La verdad es que esta intención no es espontánea,
es una inquietud que tengo desde hace unos años y,
sin embargo, nunca he decidido realizarla.
Cruzar la calle, tomar un colectivo con rumbo desconocido,
y dejarse llevar. Parece una fórmula perfecta, no?
Hoy estaba con un amigo, Renato. El día estaba horrible,
el mediodía lucía completamente oscuro y la
lluvia persistía intensamente. Una vez más,
volvió a mí la imagen de aquel colectivo.
Hablaba con mi amigo mientras debatía en silencio.
Ir en ese colectivo, pensaba, es un interés por hacer
algo distinto, no establecido.
Sin embargo, detrás del viaje en colectivo perseguía
otros propósitos. Quería hacer algo realizable
y simple, pero que sea una circunstancia intensa, como las
miles que nos pone a disposición la vida. Ya está,
pensé.
-Mejor vayamos hasta McDonald's así comemos una hamburguesa,
le dije.
-Vos estás loco, mirá como está lloviendo,
me respondió.
Lo miré, se me dibujó una sonrisa, y continué.
"Genial, vamos, comemos una hamburguesa y después
salimos a caminar por la ciudad debajo de la lluvia".
Me miró y se rió, llovía demasiado
fuerte. No me creyó.
No pasó mucho tiempo más cuando sentados en
McDonald's dimos el último mordisco.
-Bueno, ahora vamos hasta Florida (una calle que es peatonal
en Buenos Aires), le propuse.
Sonrió nuevamente. Minutos más tarde teníamos
los paraguas plenamente abiertos e íbamos decididos
caminando por las calles de Buenos Aires, recorriendo la
ciudad.
Renato no pensaba encontrarse en esa situación, pero
caminaba detrás de mí manteniendo el ritmo.
Unos metros delante una baldosa floja lo estaba esperando.
Y sí, no tuvo suerte, la pisó con violencia
y quedó su pantalón mojado. Poco tiempo pasó
cuando un taxista nos cruzó sin remordimientos, el
agua del charco fue directo a Renato una vez más.
Ahí fue cuando dudé si el paseo continuaría.
Renato me acompañaba haciendo comentarios breves.
"No, estamos locos", repetía mientras seguía
caminando. Hasta que en cierto momento me detuve, lo miré
y le dije: "no me digas que no estás disfrutando,
mirá la gente, mirá la ciudad". "Vos
estás loco, insistía". Y seguía
caminando.
En esos momentos diluviaba, cientos de paraguas ocupaban
las calles de la ciudad y yo tenía un único
pensamiento. Estaba cumpliendo con mi inquietud postergada.
Quizá por esto continuaba la marcha llevando una
sonrisa interminable.
Al tiempo la situación comenzó a cambiar.
Yo empecé a resignarme, veía que Renato no
podía disfrutar el momento. Fue en ese instante cuando
imprevistamente me dijo: "Y si vamos al río
a ver cómo está lloviendo".
Genial, pensé. Mientras una sonrisa me empapó
el cuerpo.
Y así fue, caminamos por Florida y llegamos hasta
el río. Ahí estábamos los dos, apoyados
a una vieja baranda que nos ofrecía una vista perfecta.
Cientos de gotas caían sobre el río y éramos
las únicas personas que teníamos el privilegio
de verlo. Por unos minutos observamos el espectáculo
quedándonos en silencio.
Después iniciamos el regreso, había pasado
una hora desde la partida. Seguimos viendo a incontables
personas que corrían por las calles, inundaban las
veredas con paraguas y fruncían en ciertos casos
sus caras, como una técnica para evitar la lluvia.
En fin, llegamos hasta Lavalle (otra calle) y nos separamos.
Renato se fue a cambiar; era obvio, estábamos empapados.
Continué solo hasta mi departamento. Quizá
con menos euforia, pero con la extraña sensación
de haber cumplido un propósito. Creía que
todo había terminado, que por fin me había
decidido a emprender esa idea que parecía tan simple
y fue tan postergada. Sentí que me atreví
a tomar de la mano a la vida y que acepté dejarme
llevar por ella.
Caminé hasta que en forma inesperada descubrí
que estaba a dos cuadras de llegar a destino. Esto no puede
terminar así, pensé. "No puedo hacerle
trampa a la naturaleza".
La sonrisa volvió a mí en el preciso instante
en que la idea surgió. No lo dudé, cerré
el paraguas con decisión. Y me detuve en plena vereda
observando alrededor: charcos, gente, corridas, nubarrones.
Entonces sí, caminé lentamente disfrutando
cada uno de los pasos. Llovía intensamente.
Juan
Manuel Valentini
El Confesionario - Comentarios sobre el texto
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Comentarios de los lectores |
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23/07/2007 11:05:04 »» Luisa:
Sin saber mucho de literatura me parece que es un relato hermoso por la forma en que está escrito. |
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