Pasto Urbano

Lo detesto, creo que mi profesor de siempre, él que tantas cosas me enseñó, fue quién me inculcó a no tentar a lo prohibido de aquella aula que curso tras curso no cambiaba, sólo los niños íbamos dejando de serlo para convertirnos en adolescentes. Ese don Jesús que nos hacía sufrir antes de sacarnos al encerado, él que tanto castigaba por mascar chicle, él me hizo odiarlo no probándolo nunca en clase y masticándolo bien poco fuera de aquellas paredes. Si te descubría con un chicle en la boca, no bastaba con arrojarlo a la papelera bien envuelto en papel para que no se quedara pegado a las paredes o al fondo de la misma, también debías copiar repetidas veces, no sé bien si cien, doscientas o quinientas según hubiese pasado la noche anterior, la frase “no debo comer chicle en clase”. Era entrar él por la puerta y decir su frase “ya han llegado los yanquis”, alertando a quienes pudieran estar masticando chicle en ese momento, una manera discreta de decir tíralo o copiarás.

Yo por si sí o por si no, no tentaba a mi muñeca a escribir innecesariamente cuidándola mucho de trabajos inútiles agradeciéndolo ella años más tarde.

Siempre, siempre que se me revuelve el estómago por lo mismo, un chicle, pienso en mi viejo profesor sin saber nada de él ni de su hijo quien compartía clase con nosotros separándonos tras ocho años de estudios sin volver a vernos jamás.

La verdad es que un día sí y otro también se me revuelve el estómago, resulta imposible no encontrar a alguien que masque chicle.

Ocho de la mañana. Salgo de casa en busca del metro para ir al trabajo. Hora punta, los vagones a reventar de gente pero hay que entrar para no llegar tarde a trabajar, te metes como puedes. Sardinas en lata. ¡No puede ser!, unos leen, otros duermen, unos apestan, otros rumian y voy a caer al lado de una chica toda monísima con pinta de secretaria de dirección entre otras cosas de su queridísimo jefe, rumia un chicle de clorofila, es primera hora de la mañana y aún tiene aroma aunque sea sin azúcar, ¡detesto la clorofila!. Deseo se baje en la próxima pero esta mina parece querer llegar al final de la línea, bueno, que se baje alguien que me pueda mover apartando mis ojos de ese chicle verde que no para de danzar de los incisivos a las muelas, de las muelas a las paletas y así repetidas veces sin perder el control con el vaivén del metro. Ya se le podría caer de esa asquerosa boca enmarcada por unos labios rojos o atragantarse quitándole las ganas de rumiar más plástico de color y sabor. Una manera de empezar el día de puta pena quemándome la sangre por una inútil que no fue a clase conmigo, que no tuvo un don Jesús en su vida. Son pocas las mañanas que empiezan de tal guisa, mucha gente piensa nada más en dormir a esas horas, no les apetece mascar a diestro y siniestro, pero cuando topas con vacas vestidas de (Sfera) a primera hora, te joden el resto del día.

Diez de la mañana. Se abre la tienda. Una avalancha de gente esperando se levanten las persianas para entrar corriendo hacia el interior en busca de calor bien de la calefacción bien de los sudores por las compras, ya no por el peso de las bolsas sino por el exceso en la púa de la tarjeta de crédito. Las dependientas todas en sus mostradores dispuestas a vender que es lo suyo independientemente hayan empezado el día con tal mal pie como yo o como sea pero la sonrisa debe estar tatuada en sus perfectos e impecables rostros. Paseo supervisando que todo esté en su sitio, todo, hasta los chicles de las dependientas en sus bocas. Unas, discretas mil por mil, no sé dónde lo esconden, no mueven sus mandíbulas, tal vez lo tengan bajo la lengua, a un lado de la boca, ellas sabrán pero lo llevan para controlar la halitosis, segregar algo de saliva de cuando en vez ante la sequedad de sus bocas debido a la calefacción además de lo que le dan al pico para vender y cuando no hay venta, tener algo en la boca que siempre les gusta. Otras, las peores, los muestran entre los salvajes movimientos de sus mandíbulas enseñándonos sus diversas gamas de sabores y colores según la marca haciendo yo de tripas corazón porque no les puedo decir nada, ya se encarga el departamento de personal haciendo ellas oídos sordos, claro está que si dependieran de mí en la calle o con los labios sellados estaría más de una y de dos. Pero aún hay quienes las ganan, ¡qué horror!, hasta vergüenza me da decirlo, asco verlo; una vez que regresan da tomar el café despegan el chicle que han dejado debajo de la caja registradora y vuelven a rumiar esa goma con sabor cero después de varias horas estira que te estira.

Una del mediodía, una clienta toda gruesa a más no poder enfundada en una mesa camilla color rojo con cenefa de vichy, cargada de prendas de las que tal vez le quepa una y con mucha suerte, se acerca ofreciéndome el chicle de su boca, es la hora del aperitivo pienso, una manera barata de engañar al estómago para no echar más kilos a ese cuerpo repleto de celulitis. Me pregunta por el probador más cercano ahogada por la mala respiración que parece ahogarla no tirando ni por esas el chicle de su boca, rumía sin poder respirar, todo un fenómeno de mujer orquesta del mundo en el que vivimos.

Cuatro de la tarde. Salgo del trabajo con el estómago pegado a la columna deseando llegar a casa cuanto antes para comer. Pegado y revuelto, en el ferrocarril doy con un señor que parece mascar chicle por primera vez en su vida, si todo lo come igual está arreglado la mujer. Escapo de sus redes cambiando de vagón para así respirar las cuatro paradas que faltan para finalizar el viaje.

Llego a la puerta de casa, espero el ascensor, seis pisos son muchos para subir, bajarlos no cuesta tanto aunque a veces es preferible subirlos antes de compartir el ascensor con ese vecino que te habla con el chicle en la boca escupiéndote sus babas además de arrojar un aroma a café entremezclado con menta.

Por fin en casa. Fuera quedó el pasto urbano, las vacas postmodernas de la sociedad.

Kitino Nikaro
Edad: 29
País: España
Residencia: Barcelona
Ocupación: Vivir la vida
Hobby: Saborear cada momento de la vida vivida
Fecha de publicación: 02/05/2003


El Confesionario - Comentarios sobre el texto
Comentarios de los lectores
23/08/2006 21:52:35 »» Ken:
De hecho, amigo, yo mastico un chicle mientras leo tu texto. Anhelo que la gastritis no te produzca muy pronto una úlcera cancerosa. La amargura... Bueno, no me compete opinar sobre ello, no quiero parecer uno de esos soquetes que se la pasan dando consejos a todo el mundo y que en el fondo son una mierda que vive en una constante búsqueda de aprobación...
17/01/2006 23:21:45 »» Ana del Milagro:
Kitino, en un todo de acuerdo con la expresión de tu displacer frente a este fenómeno, celebro que haya alguien que sé dé cuenta de que se trata de una manera más de penetración cultural; "ahí vienen los yanquis" decía tu profesor y no se equivocaba, porque además del desagrado que provoca toda esa horrible gesticulación de la persona que automáticamente mastica chiclet, es aún más fuerte el desagrado de darse cuenta de la inconciencia de la gente frente a este fenómeno de penetración cultural. Muy bueno lo tuyo!!!!!!!!!!!