Esperanza...

Este febrerillo hizo calor, un febrero loco de días luminosos y sedientos pantanos por España.

Hace calor en mi alma. Parece presagiar esta naturaleza acontecimientos aún más felices que los que mueven a mi corazón en estos días. Paseo mi alegría, siempre cargada de ese punto de melancolía por las calles de este inquieto Madrid, hoy que es viernes y atiborradas de gente que viene y va en su deambular frenético. Por las calles serranas de Torrelodones, mi pueblo, tranquilas con paseantes que se detienen a gozar de este sol primaveral, a un ritmo distinto al de la ciudad.

Por las calles, como de un pueblo de Levante tendido hacia el Mediterráneo, añil que todo lo empapa de rosáceos amaneceres en su piel siempre calma. Paseo, medito, y en los momentos de sosiego que un trabajo febril siempre requiere, para adecuar el oleaje de esta vida, mi vida que pasa.

Las palomas hacen nido sobre los pinos y tejados de la piel de mi querida España.

Florecen, como perlas de luz, las mimosas. Y recuerdo otros días, otros viernes, cuando mi madre sonreía al verlas en manojo, ofrenda de amor para su eterna vitalidad de mujer luchadora en el poniente de su vida. Recuerdos.... Son tantos años, tantos recuerdos. Toda una existencia compartida con ella, con los hermanos, con papá, en la casa que ella iluminaba con su juvenil sonrisa en momentos de mayor soledad. Pero el tiempo pasa. Y ahora son los recuerdos los que iluminan la casa.

Estoy pintando mis ayeres, escribiendo en cada letra, con cada pincelada, a pesar de toda mi pasión por vivir. Aún rota mi alma. La vida es como un monstruo que todo se lo traga, personas, ilusiones... Mas queda siempre una. Siempre hay, a pesar de los desgarros, algo por hacer. Una esperanza de vida. Y, si no la hay, me la creo. Nos la creamos. Hay que seguir. También la vida llama a la vida, a la alegría de vivir. Parece absurdo, pero es así, si no, qué sería de mi pobre ser humano. Y esa gran morfina que es la capacidad de olvidar que tenemos para equilibrar los sufrimientos inútiles. Hay que volver la vista a nuestro interior y dejar que pase el tiempo, allí reside latente, escondida, si sabemos mirarla, la esperanza. Y con ella un nuevo mañana. Cojamos el corazón, remendémoslo, cosámoslo, y sigamos, no hay que desfallecer. La vida continúa. El trabajo bien hecho nos espera. También el amor a los que nos rodean. Sigamos. Pues la esperanza se impone.

JSR.

Javier Sánchez-Rubio
País: España
Residencia: Madrid
Fecha de publicación: 11/08/2003


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