La otra vida

Al salir del trabajo, tomó por la Avenida principal y comenzó a caminar sin rumbo, o por lo menos sin rumbo conciente. La jornada había sido dura en la oficina y todo el estrés acumulado en tantas horas de mecánica faena se manifestaba al final del día en cada uno de los músculos de su cuerpo, contracturandose cada una de las fibras con crujiente dolor. Los pensamientos se le iban de la mente y el único contenido que allí quedaba era la perspectiva de la avenida que retenían sus ojos, como un cuchillo resplandeciente que se estrechaba refinadamente hacia la punta. Unos pocos hombres transitaban por la vereda, pero poco reparaba en ellos. Aquel desfile que con indiferencia miraba de soslayo o tan sólo percibía, se le hacía como aquellos animales o cochecitos de los carruseles de los parques que dan vueltas cíclicamente, y que suben y que bajan, para volver a verlos una y otra vez en su andar triste y desolador. Al lo lejos notaba el brillo del río, como una perla incrustada al final del recorrido, como un cristal asomándose histriónico y curioso. De momentos pensaba en su familia; las imágenes de su padre y de su madre sentados a la mesa, los rostros de sus dos hermanos jugando alegremente en el jardín de la casa. Siguió caminando con una cadencia cada vez más perezosa y melancólica; con pasos que a cada rato se hacían más cortos y pesados. En un momento detuvo su marcha y pareció como que toda su vida desfilaba por su mente en un solo segundo; como si en aquella esquina fría y oscura en la cual se encontraba, residiera algún mágico poder que permitiera a aquel que allí se detuviera evocar todo el tiempo pasado en un solo destello.

Otra vez se le hicieron presentes las imágenes de sus padres y de sus dos hermanos; pero ahora ya no solitarias en un éter sin contexto, sino con toda su historicidad, cargando en cada postura de los cuerpos, en cada rasgo natural o expresión del rostro, en cada lagrima de alegría o de tristeza, toda la nobleza y la dulzura de su familia. Primero recordó a su padre y lo evocó minuciosamente, en cada uno de sus matices. La frente alta, el cuello recto y todo el torso bien erguido, siempre de traje impecable, con sus corbatas de seda rojas y azules, los zapatos negros lustrados hasta verse uno en ellos reflejado. Los ojos achinados y sus párpados que parecen taparlos continuamente, como una papada o un telón con finas arrugas que surcan la piel horizontalmente. Siempre afeitado al ras, la tez lisa y saludable, sin lastimaduras y sólo con algunas maculas amarronadas que asoman casi imperceptibles en las mejillas. Cuando se enfada o se sorprende, y escapan por entre las pestañas sus pupilas; se presentan como dos agujeros negros que pareciera uno adentrarse y perderse en ellos. Luego pensó en su madre y se le apareció su imagen de cuerpo entero, como un ángel que levita en sus pensamientos, como una paloma blanca que planea en sus recuerdos, como una cálida brisa que le inspira el máximo sosiego al que podría aspirar. El semblante tierno y pasivo, sus ojos entregados sumisamente a la contemplación de sus hijos, como escapados del resto del mundo y depositados sin pena, eternamente, al destino de sus niños. Sus hermanos, los gemelos, apenas tienen 7 años. Siempre joviales y riendo; sumidos en sus juegos y en el edén de la infancia. Dos flores que no marchitan, dos gotas de agua que nunca secan, dos gorriones que se divierten y que pían incansablemente; que saltan y que juegan con tanta naturalidad y entrega que parecieran estar haciéndolo hasta el infinito.

La noche era cada vez más oscura, teñida de una calma melancólica, tal como sus pensamientos, cada cual como una lágrima errante y nostálgica que transita sigilosamente por los recovecos de su conciencia. Detuvo su marcha a mitad de una cuadra, pues un agotamiento físico y moral lo abatía implacablemente. Notó enfrente un pequeño bar, con su fachada que se confundía entre las demás casas y sólo un cartel luminoso de brillo mortecino que indicaba estaba abierto. Cruzó la calle sin mirar hacia los lados, y con paso cansino se deslizo hacia el frente como si lo hiciera sobre una balsa en un río calmo y púrpura. El lugar era pequeño, con algunas mesas ubicadas sin ningún orden identificable, y arrimadas a cada una de ellas, tres o cuatros sillas sucias, viejas y turgentes de humedad. Tres hombres groseros, que vociferaban insultos y palabras inentendibles, se encontraban sentados en un rincón del bar. Néstor, pareció ni siquiera percatarse de este grupejo de borrachos, y enfiló hacia la otra punta; cabizbajo y en silencio. Pidió un whisky y lo acabo rápidamente. Luego solicitó otro, y minutos seguidos otro más. Al acabar el quinto vaso sintió un dolor intenso y lacerante, como si un cáustico hubiera corroído su estomago, como si el contenido del ultimo vaso no fuera whisky, sino un ácido de acción letal. Sintió nauseas incontenibles, una tras otra; y luego arcadas que constreñían su abdomen tal como si tuviera un cinto rodeándolo y alguien intentara ajustarlo hasta el máximo posible. Finalmente vomitó una sustancia amarga y porrácea, y a pesar de sentir una horrible y desdeñable sensación recorrer todo el vientre, su pecho y llegar hasta su boca, luego estuvo un tanto más aliviado. Apoyó la cabeza sobre la mesa, relajó su cuerpo y se dejó caer libremente sobre sus brazos. Así quedó por largos minutos, taciturno, afligido, oscuro; tan sólo descansando. En un momento escuchó, entre gritos exasperados que provenían del otro extremo del bar, algunas palabras injuriosas que oía nítidamente, como si cada una de ellas penetrara su tímpano y luego quedaran incrustadas en su conciencia. Dirigió su mirada hacia la turba de borrachos, y ahora notó que entre ellos se encontraba una mujer. Una de las bestias la tenía tomada salvajemente de los hombros y la sacudía violentamente de un lado a otro, al tiempo que la agraviaba con los insultos más ignominiosos. Luego, y a duras penas por el estado desequilibrado en que se encontraba, Néstor se acercó tambaleante hacia aquel rincón. Cuando estuvo frente al hombre que estaba zamarreando a aquella dama, súbitamente dirigió su brazo derecho hacia él y con fuerza lo tomó de la camisa. Llevó su brazo izquierdo hacia atrás y al momento que iba a golpear a aquel perdido, una mano fría y suave lo tomó por la muñeca. Al girar su rostro, vio que era la mujer quien había detenido su embestida. Néstor quedo tieso, hamacándose en su borrachera, contemplando expectante a aquella mujer por cuya honra él había interpuesto su cuerpo. Ella a la vez lo miró con gravedad, con ojos fijos y unas pupilas que se dilataban severamente, como expresando una furia inefable. Al fin dijo ella, displicente y segura de sus palabras: Aunque a usted le cueste creerlo; pues de seguro son sus conceptos diferentes a los míos desde la misma médula, esta es mi casa. Y aquel hombre que ve usted detrás de la barra es mi padre, y aquel mismo hombre que ahora sigue viendo usted detrás de la misma barra es el padre de mis hijos. Y estos tres imbéciles que están acá sentados a la mesa son mis clientes; y justamente este ultimo al cual usted intentó agredir es el que mejor paga. ¿En qué se parece entonces el concepto que usted tiene de una familia al que yo tengo? ¿En qué se parece entonces el concepto que usted tiene del trabajo al que yo tengo? En nada. Su familia es el paraíso. Su trabajo es un placer. Mi familia es una creación perversa y deshonrosa, mi trabajo humillante y degradante. Lo que para usted es el cielo, yo siquiera lo he soñado. Lo que para usted es su vida, para mí es el cielo. Lo único que yo tengo es este sórdido abismo, y al mismo tiempo es esto lo único que me permite vivir. Entonces, cuando comprenda usted esta barbarie, cuando comprenda esta vil y aborrecible injusticia; y cuando sienta usted un aire imperioso que le recorra sus venas y lo instigue a compartir su cielo, aquel que usted es incapaz de ver, pues entonces le daré permiso para que golpee a esta lacra. Mientras tanto, déjeme trabajar en paz en el infierno
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Autor: Marquinho Bosé
Edad: 24
País: Argentina
Residencia: Buenos Aires
Ocupación: estudiante
Hobby: leer
Comentarios: Los de ustedes
Fecha de publicación: 28/06/2002


El Confesionario - Comentarios sobre el texto
Comentarios de los lectores
03/07/2002 14:51:55 »» Jimena:
Uy, perdón por los errores de tipeo. Debería poner un poco más de cuidado.
03/07/2002 14:49:41 »» Jimena:
Bueno, que puedo decirte... tu cuento está muy bien escrito. Sobre todo, la cuestión que plantea acerca de la forma diferente en que las personas concebimos el mundo condicionados por lo que nos rodea. Con respecto al estilo, me gusta mucho aunque, esto es una opinión absolutamente personal, el uso de algunoes términos me pareció un poco forzado. Al mimsmo tiempo, me resultó muy agradable encontrarme con palabras que ni yo misma usé en siglos. Seguí escribiendo. Gracias,
Jimena
03/07/2002 14:51:55 »» Jimena:
Uy, perdón por los errores de tipeo. Debería poner un poco más de cuidado.
03/07/2002 14:49:41 »» Jimena:
Bueno, que puedo decirte... tu cuento está muy bien escrito. Sobre todo, la cuestión que plantea acerca de la forma diferente en que las personas concebimos el mundo condicionados por lo que nos rodea. Con respecto al estilo, me gusta mucho aunque, esto es una opinión absolutamente personal, el uso de algunoes términos me pareció un poco forzado. Al mimsmo tiempo, me resultó muy agradable encontrarme con palabras que ni yo misma usé en siglos. Seguí escribiendo. Gracias,
Jimena