Fin de una vida

Mientras contemplaba el cuerpo inerte de María pensaba en lo que había sido su vida. Había nacido en el año 1925 y su existencia no había sido fácil por haberle tocado vivir todo lo que fue la España espantosa con su régimen en el siglo veinte.
María había nacido en la provincia de Huelva, en una familia de clase media. Su padre trabajaba en una bodega de capataz y su madre era costurera. En principio nacieron dos hermanos de los que se llevaban un año: un varón y una hembra, más tarde empezaron a llegar hermanos de los cuales fueron seis pero uno de ellos murió al año de nacer. Quedaron cinco hermanos: dos varones y tres hembras, entre ellos María que era la segunda y la "tata" según le llamaban todos. En aquellos tiempos la depresión no existía porque no daba tiempo ni a pensar, sólo a trabajar. María empezó a ir al colegio porque sus padres querían que, por lo menos aprendiera a leer. No sé lo que tenían los niños de entonces que, como se revelasen por algo, sus padres enseguida le daban trabajo. Era una etapa en que nada ni nadie se podía permitir el lujo de vaguear. María el colegio no le gustaba y se ponía enferma cuando se tenía que levantar por las mañanas para ir a aprender y a escuchar palabras de la maestra, e incluso le daba fiebre, es lo que se llama hoy "alergia". Ella tenía alergia al colegio y como era como era, su madre optó porque se quedase en casa y cuidara de sus hermanos que eran cuatro, mientras que ella se dedicaba a coser. Esto fue una liberación para María y su madre.
Ella no le importaba trabajar: hacia la comida, fregaba, planchaba, atendía a los hermanos a los que tenía la completa autoridad de sus padres para regañar y pegar a los que no obedeciesen. Todos la querían aunque María siempre fue inconformista pero no había otra solución. Ella soñaba como cada niña con un hada, con el cielo azul, con un príncipe o algo por el estilo pero en aquellos años nadie sabía lo que era soñar. El trabajo le absorbía todo el tiempo. Iba a lavar al campo, al río donde se dejaban las energías físicas sin pensar en lo moral, porque antes no era como ahora que todo lo hacen las máquinas. Antes todo lo había que hacer con lo físico y nadie tenía reuma, ni artrosis porque no daba tiempo a que los huesos se deteriorasen.
Así creció María, rodeada de su familia y sufriendo las llagas que la guerra civil española dejó a todos los habitantes de la nación.
Me imagino que cuando te tienes que refugiar en el campo porque vienen las tropas del régimen a saquear las casas debe de ser horrible y ésto marca en cada vida del ser humano. Todos sufren y este sufrimiento se transmite en las personas dejando huellas que no se borran jamás.
Entre cuidar a sus hermanos y la posguerra que fue más dura que la propia guerra, subsistiendo para poder comer, así María se hizo mujer. A sus veinte años era una mujer hermosa: alta, delgada y su rubia cabellera y sus ojos azules le hacían más atractiva. Su madre siempre con su costura a cuesta que, la pobre mujer se dejó la columna hecha polvo y su padre luchando hasta el final de sus días con su trabajo de capataz para poder mantener a la familia.
Conoció al que fuera su marido, un primo hermano que también sufrió los avatares de la nación. Este se fue a la guerra con 17 años y todas sus ilusiones se truncaron. María vio en su primo hermano una esperanza. Como toda mujer en aquella época sólo tenía una ilusión, la de casarse y tener hijos como así fue. Ella, se casó enamorada de su marido y se acostumbró a él como se había acostumbrado a llevar la casa. Era feliz a ratos porque su marido era tosco y reservado. El día que venía de buenas todo era alegría pero cuando se le torcía el ánimo tenía que aguantarle como podía. Menos mal que María tenía paciencia y así con su sufrimiento a cuesta fue pasando su vida sin penas ni gloria sólo con el sin vivir de cada día y de lo que su marido le transmitía. Tuvieron dos hijos, hija e hijo y María tenía un algo porque vivir. Cuanta energía derramaba en sus hijos queriéndoles, acurrucándole y protegiéndole. Sus ánimos se veían alterados cuando su marido volvía a casa soportando el carácter de éste y adaptándose a las circunstancias. No tuvo una vida fácil aunque ella con su buen humor dejaba la oscuridad a un lado. Sufrió mucho pero ¡quién no ha sufrido en la vida! Su marido también sufrió y más en aquella existencia que le tocó vivir. Las ilusiones no existían sólo daba paso a la supervivencia.
María, era mi madre y ahora que la contemplaba con su cuerpo sin vida pienso en su energía, como nos pegaba a mi hermano y a mí cuando no la obedecíamos o cuando nos poníamos impertinente como cada niño nos ponemos a esa edad. La recuerdo con cariño y me sonrío cuando se quitaba la zapatilla para zurrarnos en las nalgas con esa vitalidad que la caracterizaba. Ahora, su vida sin respiración ha pasado a otra dimensión, con el sufrimiento que se ha quedado en la tierra y con la pena y la angustia de no volverla a ver, aunque su espíritu vuele entre nosotros. Ojalá mi padre la recoja como se merece y su miedo se extinga sin daño ni resaca. Ojalá la nueva vida la tenga donde se merece, donde todos tenemos que ir tarde o temprano. Ojalá el mar se serene y su alma se ensalce dándole la paz que en este mundo tal vez no encontró. Con lágrimas en los ojos me despido, mamá que siempre estará en mi corazón y en mi alma porque siempre te tendré ¡madre mía! Y a mi padre también le tengo en un rincón del ser por la existencia que me ha dado.

Descansen en paz, mamá... papá..

FIN.
Juana Díaz Díaz
País: España

Fecha de publicación: 19/10/2001


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