Un rincón
Ese
día salió un poco más temprano y aunque su madre
le había advertido acerca del pronóstico del tiempo,
él salió sin darle mucha importancia. Como siempre las
calles y los rostros de la gente le presagiaban una infinita soledad,
pero más bien buscada que impuesta. Encontró una latita
en el suelo y comenzó a patearla, haciendo malabares, escuchando
ahora el sonido metálico resonando en aquella plaza solitaria
tan querida, aquel rincón espaciado e íntimo. Las personas
ya corrían a sus hogares a refugiarse, a ver la tele, a hablar
del partido del domingo y que éste país está
cada vez peor.
Él, sintiendo ya el mismo folcklore de siempre se desparramó
con ganas sobre los banquitos verdes y miró al cielo, lleno
de tonalidades grises, aunque, como él pensaba, cuando está
próxima la lluvia, más bien era azul, porque ningún
otro color podía reflejar con tanta certeza el estado de su
alma. Pero sonreía.
La aparicion fue súbita o sutil. Claro que al principio no
le brindó mayor importancia, pero paulatinamente ese destello
fue creciendo y tuvo la completa seguridad de que no estaba solo.
Aún así, siguió mirando las nubes y sus formas,
los espejos del cielo, su conciencia misma... La lluvia inminente
amenazaba con sus rayos y él esperó paciente: fuera
quien fuera, se marcharía, preso de las consecuencias. Más
en vano fue su espera, porque aunque el frío también
envolvía a quien estuviera sentado en el banco de enfrente
(él seguía con la vista perpetrada en las nubes) no
alcanzó para espantar al extranjero. Y finalmente el cataclismo
estalló, y a través de las pesadas gotas de lluvia mojándole
la cara y el viento desnudándolo de su abrigo, pudo ver un
par de ojos claros frente suyo, y un par de mechones rebeldes y castaños
volando libres...
Meneó la cabeza e intentó sonreir, preguntándose
si realmente ella era la extranjera o quizá él invadía
un territorio conquistado quien sabe cuánto tiempo antes...
o tal vez todo formaba parte de un todo incomprensible y primitivo
en donde aquellas mismas gotas y ese mismo viento huracanado y furioso
se dejó ver por un par de viajantes solitarios, temblando ambos,
cada uno desde su lugar de vigías silenciosos y cómplices
de lo absoluto.
La brisa cesó y el cielo calló, y el sol desde su refugio
volvió a emerger. Ya los destrozos en las almas de aquellos
dos seres estarían cicatrizados, sino completamente al menos
atenuados por la pureza de la lluvia. Y se marcharon, cada uno desde
su rincón, para el mundo que les aguardaba a la vuelta de la
esquina, a la lucha cotidiana de aquello llamado realidad. Y si es
que aquello realmente sucedió, si es que uno tuviera la certeza
de llamarse Angel, y ella Mariana y todo formase parte de un mismo
mundo, quizá puedo decir que en esos dos seres se pudo dibujar
una sonrisa, pero tan sólo es una estimación de alguien,
o algo (qué soy yo, un mero narrador de hechos) que pudo ver
el arco iris, pero solo luego de la paz en la tormenta...