Naturaleza Viva
Camino sin rumbo por los bosques más densos y oscuros del mundo.
En ellos se percibe una blanca niebla que no deja ver más allá de los primeros árboles.
Se oyen sonidos que creo nunca nadie ha escuchado antes: ecos sutiles, retumbos estridentes, leves rechines, de vez en cuando gritos escalofriantes.
Las ramas de los enormes árboles caen entrelazándose entre sí a pocos centímetros del suelo, formando manos con dedos, que tratan de envolverme.
Cada tanto, un charco con lo que parece ser barro se interpone en mi camino a ninguna parte, pero logro cruzarlo y sigo en mi viaje.
De a ratos, un ligero escalofrío me cubre todo el cuerpo y la mente.
Continúo en mi búsqueda de la desesperación, pero súbitamente siento la falta de aire a causa de la tiniebla, y allí me desvanezco en el suelo y comienzo a toser gravemente. De repente mi mente queda en blanco. No puedo respirar y me empiezo a asfixiar. Con las dos manos en mi cuello, comienzo a recordar cada episodio de mi vida en cuestión de segundos: el pertinente abogado que alguna vez pude ser, y las mentiras que conllevan a que mi trabajo triunfe; personas que he traicionado para ganarme el respeto de mis semejantes; gente que he engañado para recibir a cambio lo que necesitaba más en ese momento; todas aquellas almas que he abandonado, acusado...
Me levanto estrepitosamente del suelo. Aquel bosque lúgubre, tenebroso y sombrío ahora tiene una luz que brilla más incandescente que el sol, y camino hacia ella lenta y cuidadosamente.
La luz desaparece. Un conjunto de voces y chillidos muy agudos me perturban y no me dejan pensar. Cierro mis ojos y trato de concentrarme, aunque es inútil.
Las voces se van distanciando cada vez más. Abro los ojos y veo fuego, mucho fuego, y no comprendo lo que está pasando. Trato de seguir caminando, llegar lo más lejos posible al vacío, a la nada.
No puedo. Una fuerza exterior me empuja hacia el suelo cada vez más fuerte. El calor del fuego ardiendo me quema tan dolorosamente que siento el ardor en mi cabeza.
Después de tanto andar atormentado por las llamaradas de fuego, me detengo ante una enorme pared color ladrillo. Me siento débil y enfermo. El mareo y el calor sofocante me terminan hundiendo en el suelo.
Luego de estar inconsciente horas, me levanto cuidadosamente. Las llamas de fuego seguían ardiendo con todas sus fuerzas, pero ya parecía que me había acostumbrado a su calor infernal. Me doy vuelta ligeramente y me encuentro a mi lado con un cuerpo derrumbado en el suelo. Ya no estoy cubierto en llamas, sino que me encuentro en el terrorífico bosque una vez más.
Observo bien el cuerpo ubicado a mi izquierda. Soy yo. No tengo pulso, ni respiración. Estoy totalmente tieso y a la vez parado a mi lado. Mis manos están enroscadas alrededor de mi cuello tal y como me lo había sujetado antes.
Me estaba viendo muerto. Estaba muerto. ¿Dónde estaba?
Otra llama me envolvió repentinamente; desparecí del bosque y me encontré otra vez en el infierno más doloroso e intenso en el que alguna vez haya estado.
Autor: : Vanette Kosman
País: Uruguay
Residencia: Montevideo
Ocupación: Estudiante
Hobby: Dibujar y escribir
Fecha de publicación: 09/05/2007
Escribile
al autor
El Confesionario - Comentarios sobre el texto
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Comentarios de los lectores |
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23/05/2007 23:57:53 »» José María:
Me gustó, fue un escrito entretenido. |
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