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No
se mueve pero se que está ahí, lo puedo sentir. Me levanto por las mañanas, no me siento bien corro al lavabo para abrazar al que ya se ha convertido en mi amigo inseparable, el wc, mi cuerpo se desvanece ante él y lo pierdo por la boca. Me incorporo con una sonrisa en los labios y bajo a tomar algo de alimento, no quiero que mi pequeño note la ausencia de éste. Mi barriga empieza a coger forma, noto sus movimientos, como sus pequeños pies intentan apartar cualquier órgano que le suponga un obstáculo, me duele pero me gusta sentir sus pataditas. Yo le acaricio y él me responde con un leve movimiento. No me encuentro bien y un líquido caliente recorre
mis piernas, es inminente, ya llega. El corazón de mi pequeño suena con fuerza, puedo notar como su pequeña cabeza quiere ver la luz. Empujo con fuerza, me duele mucho, pero yo no ceso en seguir con los esfuerzos para ayudar al médico a sacar a mi bebé. Algo no va bien, ellos corren de un lado a otro, me cogen y me llevan a otro quirófano, nadie dice nada, estoy exhausta. Me tumban en una camilla, me llenan de cables y me atan
los brazos por los extremos de mis muñecas. Me cubren el vientre
con una sábana verde y sacan sus afilados bisturís. Noto como cortan mi piel, pero no siento dolor, de mi vientre sacan un bulto encogido, le dan un golpecito seco en la espalda y entonces escucho el llanto de un ángel, de mi ángel. Lo envuelven en una manta y me lo ponen encima de mi pecho, entonces su llanto cesa. Dos enormes lágrimas ruedan por mis mejillas y se dibuja una amplia sonrisa en mi cara. Las dudas empiezan a aclararse, lo mejor que le puedo
ofrecer a mi hija es la vida y mi inmenso amor hacia su ser. Autor:
Weblara
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