| ¡Se quema el rancho! Esa noche había sido invitado por un grupo de amigos a degustar un asado. Cuando llegué al lugar, inconfundible por la humareda y el aroma penetrante de carne asada y chorizos a la parrilla, noté que el ambiente de los invitados era más alegre que de costumbre, producto quizás –pensé– del consumo de un excelente vino tinto, que alguno de los comensales había llevado recién de una provincia vitivinícola.
-¡Arrímese al fogón!, me invitó con un grito
el tucumano. -¡Vamos
todos al cabaret!
-¡Vamos a divertirnos con las putas!, dijo el Moncho en el camino. Al entrar un ambiente cargado de humo y olor a tabaco me invadió. Se escuchaba un tango cantado por Gardel que dos percantas lo bailaban entre sí. Las tres restantes corrieron presurosas a atender a los recién llegados, asegurándose primero el tipo de vehículo en que habíamos arribado. Entre el humo y el alcohol las “chicas” se insinuaban acercando su cuerpo con su pareja de baile en un apriete sensual, mientras trataba de convencerlo que le pagara una copa, la que seguramente no contenía alcohol, mientras que a los visitantes le ofrecían whisky de muy baja calidad, con sabor a combustible para automóviles. En
eso, el Moncho tomó a una de las menudas cortesanas por sus axilas
y girando rápidamente le hacía describir piruetas en el
aire, al grito de: Lo paramos, de lo contrario la pobre muchacha corría el riesgo de terminar estampada en alguna de las paredes de adobe, pintadas con cal. Se tranquilizó por un rato y salió. Pensé que a respirar el aire nocturno, dado su lamentable condición. Pero
no, reapareció portando un envase grande de gas butano y un encendedor
el que seguramente obtuvo del vehículo del turco. Con el envase
en su mano derecha apretaba el pico y el encendedor en la izquierda, producía
la chispa, a la vez que gritaba: El
dueño del cabarute trataba de pararlo. Las chicas espantadas gritaban... El
dueño fue tras el mostrador y sacò un revolver enorme. El
Moncho se había desprendido la camisa y con su pecho al aire lo
desafiaba... Tratamos
de calmarlo, fue en vano. Tomó el envase y lo dirigió al
techo de paja. Se
oyó un clic del encendedor... Autor: Carlos José Díaz
(Tortuga)
|
||||||||