¡Se quema el rancho!

Esa noche había sido invitado por un grupo de amigos a degustar un asado. Cuando llegué al lugar, inconfundible por la humareda y el aroma penetrante de carne asada y chorizos a la parrilla, noté que el ambiente de los invitados era más alegre que de costumbre, producto quizás –pensé– del consumo de un excelente vino tinto, que alguno de los comensales había llevado recién de una provincia vitivinícola.

-¡Arrímese al fogón!, me invitó con un grito el tucumano.
La reunión transcurrió dentro de parámetros divertidos. Uno de los comensales, el Moncho Fernández, trasuntaba en su voz y ademanes la importante ingesta de alcohol que había sometido a su humanidad. Y entre cuentos verdes, vino, historias, vino, anécdotas, vino, experiencias, más vino y payasadas, la noche se iba consumiendo como un candil. Cuando éste comenzó a apagarse el turco lanzó la invitación:

-¡Vamos todos al cabaret!
Algunos desistieron. Yo seguí la corriente. Éramos cinco los que tomamos esa sabia decisión. Nos subimos al automóvil de ultima generación, propiedad del turco, y allá fuimos.

-¡Vamos a divertirnos con las putas!, dijo el Moncho en el camino.
Llegamos al “cabaret”, que no era otra cosa que un rancho a la vera del camino de tierra cerca de la ruta pavimentada. El esqueleto de la construcción estaba formado por troncos de árboles y su techo de paja secada al sol, y en el frente el propietario con ínfulas yanquis había colocado un cartel pizarra en el que se leía, escrito con tiza, ”Dancing”.

Al entrar un ambiente cargado de humo y olor a tabaco me invadió. Se escuchaba un tango cantado por Gardel que dos percantas lo bailaban entre sí. Las tres restantes corrieron presurosas a atender a los recién llegados, asegurándose primero el tipo de vehículo en que habíamos arribado.

Entre el humo y el alcohol las “chicas” se insinuaban acercando su cuerpo con su pareja de baile en un apriete sensual, mientras trataba de convencerlo que le pagara una copa, la que seguramente no contenía alcohol, mientras que a los visitantes le ofrecían whisky de muy baja calidad, con sabor a combustible para automóviles.

En eso, el Moncho tomó a una de las menudas cortesanas por sus axilas y girando rápidamente le hacía describir piruetas en el aire, al grito de:
-¡Un molino,...Un molino!

Lo paramos, de lo contrario la pobre muchacha corría el riesgo de terminar estampada en alguna de las paredes de adobe, pintadas con cal. Se tranquilizó por un rato y salió. Pensé que a respirar el aire nocturno, dado su lamentable condición.

Pero no, reapareció portando un envase grande de gas butano y un encendedor el que seguramente obtuvo del vehículo del turco. Con el envase en su mano derecha apretaba el pico y el encendedor en la izquierda, producía la chispa, a la vez que gritaba:
¡Un lanzallamas....Un lanzallamas!

El dueño del cabarute trataba de pararlo. Las chicas espantadas gritaban...
¡El pelo.. el cabello! ¡Mi vestido!

El dueño fue tras el mostrador y sacò un revolver enorme. El Moncho se había desprendido la camisa y con su pecho al aire lo desafiaba...
-¡Tirá..tirá!

Tratamos de calmarlo, fue en vano. Tomó el envase y lo dirigió al techo de paja.
-¡Noo...Noooo! Gritaba el dueño.

Se oyó un clic del encendedor...

Autor: Carlos José Díaz (Tortuga)
Edad: 64
País: Argentina
Residencia: Villa Ballester
Ocupación: jubilado-escritor
Comentarios: Espero que guste
Fecha de publicación: 22/08/2003


El Confesionario - Comentarios sobre el texto
Comentarios de los lectores
25/09/2003 1:45:38 »» Guillermo Molina:
Me pareció bien relatado,conciso, divertido y con un finaldelosquemegustan..sin explicación.Bravo!!