| La
mujer del paraguas
Un hombre salía de
su trabajo y se dirigía hacia la parada del colectivo. Era una
noche lluviosa, y muy oscura. En la parada había un hombre con
una radio prendida.
- Se ha fugado un paciente del sanatorio de locos de la ciudad de La Plata,
cuídense, dicen que es muy peligroso.
- Lo que faltaba, un loco suelto - y llegó un colectivo.
- ¿Señor ya pasó el colectivo 22?
- Sí, y encima era el ultimo, jajajaja.
Y el hombre se iba alejando lentamente dentro del colectivo. Una mujer,
rubia, alta, con buenos atributos físicos, se acercó a la
parada con un paraguas sobre su hombro.
- ¿Qué le pasó, se le fue el colectivo?
- Sí, y para colmo me estoy mojando todo.
- Yo tengo un paraguas, vení, ponéte abajo conmigo, no muerdo.
- Jajajaja, gracias, ¿cómo te llamas?
- Gisela y vos.
- Carlos
Estuvieron hablando durante un largo rato caminando hacia una remisería
- Y... ¿tenés novia?
- La verdad me peleé hace 3 meses con mi novia, no me daba todo
lo que yo le pedía
- Es complicado
- ¿Qué?
- Cuando eso pasa, es triste cuando una pareja después de tantos
años se pelea.
- ¿Y cómo sabés que salimos tantos años?
- Me lo dice tu cara, se te ve muy destruido.
- Mejor hablemos de otra cosa, ¿y vos de dónde sos, qué
haces de tu vida?
- Yo soy una loca tratando de encontrar a alguien para saciar mi sed de
matar.
- No, en serio.
- Es curioso, uno puede estar hablando en este momento con una asesina
y ni siquiera darse cuenta y después de unos minutos puede pasar
a ser la próxima víctima.
Continuaron la charla durante largo rato buscando una remisería
donde viajar pero lo más raro era que cada vez se alejaban más
del centro de la ciudad. Sobre una calle muy angosta se detuvieron para
seguir charlando un rato de sus cosas.
- y... cuánto hace que no... bueno, vos ya sabés.
- Como te dije me peleé con mi novia, hace más de tres meses.
- Yo mucho más.
Después de una sensual charla las cosas se empezaron a poner calientes.
Se adentraban cada vez más en la ciudad llegando hasta zonas que
no eran muy aconsejables para rondar e incluso la preocupación
ya no era más la remisería, eso había quedado como
una historia pasada.
El había quedado atrapado antes los encantos de esta muchacha y
sin saber lo que estaba haciendo era capaz de seguirla hasta la muerte.
Se detuvieron frente a una casa que por el aspecto, parecía que
por largo rato nadie había transitado por ella. Era un lugar perfecto
para hacer todo tipo de cosas que ellos deseaban.
Entraron rápidamente, ella como loca lo empezó a desvestir,
y el desconcertado empezó a seguirle el juego hasta tal punto que
comenzó a hacer lo mismo. Una sensación de fuego inundaba
sus cuerpos y sin ningún compromiso que los atase cometieron el
acto de amor para único placer de ellos.
En medio de este acto la mano de ella se resbaló hacia el suelo
donde el paraguas empapado estaba apoyado. Lo tomó, y mientras
él disfrutaba, clavó sobre su espalda la punta filosa del
mismo, llenando de sangre aquel abandonado lugar y terminando con la vida
de aquel confiado hombre, que sin saber a quien, su confianza entregó,
para calmar sus penas.
De a poco, sobre aquellos asfaltos mojados la mujer se iba alejando, dejando
caer el paraguas empapado de sangre. Sobre su mango se podía notar
la inscripción, manicomio de la ciudad de La Plata.
Autor: Adolfo Mario Longo
Edad: 15
País: Argentina
Residencia: Buenos Aires
Ocupación: Estudiante
Hobby: Escribir
Fecha de publicación: 07/03/2003
El Confesionario - Comentarios sobre el texto
|
Comentarios de los lectores |
|
|
|
No hay comentarios disponibles para este texto. Te invitamos a enviar el tuyo! |
|




|