Buenos Aires tiene estrés en el aire

Buenos Aires tiene estrés en el aire. Tiene una energía que yo no encuentro acá, no sé si es porque no la hay o porque yo – por el mero hecho de pertenecer a Montevideo – no la siento.

Si pienso en Capital Federal, la pienso invariablemente en un día nublado. Gris. Ese el color que predomina. Lejos de ser aburrida o sombría, Capital Federal es gris. Y la gente también es de ese color.

Nunca voy a averiguar el por qué de mi veneración. Desde cruzar una de sus anchas avenidas, hasta el diminuto detalle de decir ‘colectivo’ en vez de ómnibus para no delatar mi condición de intrusa, son acciones que me dan placer. Que me hacen caer en conciencia de que piso suelo bonaerense.

Desde que tengo memoria fue así. Desde la primera vez que crucé la frontera de mi país hacia el oeste. Fue en 1995, y yo sólo tenía 13 años. Lo primero que conocí fue Córdoba, más precisamente la cuidad de Carlos Paz. Y así como experimenté por primera vez la sensación de sentirme turista y que me agrade, también por primera vez caí rendida ante el hombre porteño. Sólo trece años – me causa gracia ahora – y yo idealizando ese acento soberbio y burlón que ahora adopto cada vez que estoy allá.

Nacho fue el primer argentino que cruzó mis calles. Que entró en mi sistema. Mezcla de mi argentinismo, mezcla de enfermizamente elegir las cosas lejos de mi alcance. ¡Cómo fantaseé con él incluso meses después de haberlo conocido! Y pensar que ni siquiera intercambiamos datos. Intercambiamos besos, pedacitos chicos de cultura, no más de cuatro o cinco días y yo me volví a Montevideo más tonta que nunca. Idiota. Imaginando y planeando el reencuentro.

Incluso días como el de hoy me encantaría volverlo a ver. Saber qué fue de él. No creo que se acuerde.

Por lo menos sé que así empezó - ¿o vendría desde antes? – y cada vez la intensidad se renueva. Extranjerismo sería el término en bruto, ya que luego de años entendí que mi diagnóstico no era ese. Yo solía decir: “sufro de extranjerismo” (según el diccionario: afición desmedida a costumbres extranjeras.). Ahora sé que lo que tengo es argentinismo del tipo bonaerense.

Y tantos viajes hice a la tierra vecina. Hubiese hecho muchos más. Y esta última vez me di cuenta de que Buenos Aires nunca se acaba. Cada vez que voy tengo el placer de descubrir un lugar nuevo, una nueva persona o un olor diferente. Un color diferente.

Capital Federal implacablemente gris, llovizna y humedad. Esta vez nos tomamos un ómnibus de línea, perdón, era un colectivo, pero contratado para llevar a los pasajeros desde Tigre hasta Capital. Ya en el viaje vemos hombres argentinos, yo veo carteles argentinos, veo matrículas argentinas y tengo que avisarle a mis ojos que no se alarmen. En cualquier otro momento en Montevideo, mis ojos automáticamente detectarían un auto con matrícula argentina. Siempre alertas mis ojos. Entonces les aviso, tranquilos, acá son todas placas porteñas.

Cruzo la cebra interminable de la Nueve de Julio, a la altura de Corrientes. Ahí, al lado del Obelisco - debo decir que prefiero el Montevideano -. Me siento primeriza cruzando la cebra. Trato de descifrar el semáforo, son diferentes. Los autos gruñen por mis piernas. Los conductores son impacientes. Todos. Y la bocina es un bastón que usan constantemente.

El hotel no es tan lindo, pero es cierto que por lo que pagamos – razona Leti – es bastante bueno. La habitación es totalmente ruidosa, y tenemos que elegir: o pasamos calor y cerramos la ventana, o dejamos correr el aire y con este todos los ruidos siempre fuertes de Corrientes. Nuestro error fue elegir habitación con vista a la avenida. Error de principiantes.

Visito Buenos Aires, lo pruebo, lo recorro, lo observo. Devoro Buenos Aires. Disfruto si uno de ellos se da cuenta de que no soy de ahí, pero no por el error de mostrarme turista tonta y entrometida, no. Disfruto si uno de ellos sabe que no soy de ahí viendo que me desenvuelvo bien pero que aún así no pertenezco. Igual yo no quiero pertenecer. Quiero tener un pie dentro y otro fuera. Así es como lo saboreo. De esta manera devoro Buenos Aires.

Alguien dice “mirá, uruguayas”. Sonrío. Ese “uruguayas” deliciosamente pronunciado, esa “y” fonéticamente perfecta. Suave y aún prepotente. Sin privaciones. Y ahí empieza la interacción. El intercambio cultural. Estamos tan cerca que podríamos pertenecer al mismo país – incluso algunos de ellos seguirán pensándonos como provincia bajo el poder argentino -. Estamos cerca e igual hay diferencias grandes que me recuerdan que una cosa es Montevideo y otra es Capital Federal.

Con Leti damos un espectáculo que se extiende durante todo el fin de semana. Tomamos mate en la vía pública. Tomamos mate en público. Tomamos mate auténtico, mate uruguayo y causamos asombro. Algunos nos envidian y lo manifiestan. Ellos también quisieran matear con esta naturalidad sea en dónde sea. Otros creo que nos ven como si todavía fuésemos gauchos. Como si tomar mate fuese un hábito no civilizado que ellos en la actualidad sólo llevan a cabo a puertas cerradas. De todas formas y sin importar de cuál de las dos tendencias se trate, ellos no disimulan al mirar. Pasó alguien que hasta echó una mirada al interior del mate. Quería ver cómo era. Y sí, que hay grandes diferencias entre nuestro mate y el de ellos; las hay.

Somos diferentes estando cerca.

Autor: Cecilia Di
Edad: 20
Lugar de residencia: Montevideo
Fecha de publicación: 22/11/2002


El Confesionario - Comentarios sobre el texto
Comentarios de los lectores
09/03/2006 22:26:12 »» daia :
yo creo que no salis mucho,sin embargo esta bueno,escribi un libro,capital es una cosa,recorre mas el pais y vas a notar q el mate se toma a donde quieras dentro y fuera,capital es capital , los argentinos tenemos otras cosas mejores q capital,y nuestro mate es un mate de verdad,igual a mi no me gusta mucho y tampoco conosco el uruguayo,pero soy argentina y somos nacionalistas.
28/11/2002 17:05:20 »» Thaïs:
Es fresco y claro, sin pretensiones. Invita a recordar, define bien algunas de las sensaciones del que viaja y siente esa especie de pasión por lo nuevo, pero al mismo tiempo conocido... como al principio de un amor...