Dos paraguas, una ciudad

Hace tiempo pensé en la posibilidad de cruzar la calle y subirme a uno de los tantos colectivos que pasan diariamente frente a mi departamento. Después, tenía la intención de dejarme llevar por su recorrido e ir mirando la ciudad.

La verdad es que esta intención no es espontánea, es una inquietud que tengo desde hace unos años y, sin embargo, nunca he decidido realizarla.

Cruzar la calle, tomar un colectivo con rumbo desconocido, y dejarse llevar. Parece una fórmula perfecta, no?

Hoy estaba con un amigo, Renato. El día estaba horrible, el mediodía lucía completamente oscuro y la lluvia persistía intensamente. Una vez más, volvió a mí la imagen de aquel colectivo. Hablaba con mi amigo mientras debatía en silencio. Ir en ese colectivo, pensaba, es un interés por hacer algo distinto, no establecido.

Sin embargo, detrás del viaje en colectivo perseguía otros propósitos. Quería hacer algo realizable y simple, pero que sea una circunstancia intensa, como las miles que nos pone a disposición la vida. Ya está, pensé.
-Mejor vayamos hasta McDonald's así comemos una hamburguesa, le dije.
-Vos estás loco, mirá como está lloviendo, me respondió.
Lo miré, se me dibujó una sonrisa, y continué. "Genial, vamos, comemos una hamburguesa y después salimos a caminar por la ciudad debajo de la lluvia".
Me miró y se rió, llovía demasiado fuerte. No me creyó.
No pasó mucho tiempo más cuando sentados en McDonald's dimos el último mordisco.
-Bueno, ahora vamos hasta Florida (una calle que es peatonal en Buenos Aires), le propuse.

Sonrió nuevamente. Minutos más tarde teníamos los paraguas plenamente abiertos e íbamos decididos caminando por las calles de Buenos Aires, recorriendo la ciudad.

Renato no pensaba encontrarse en esa situación, pero caminaba detrás de mí manteniendo el ritmo. Unos metros delante una baldosa floja lo estaba esperando. Y sí, no tuvo suerte, la pisó con violencia y quedó su pantalón mojado. Poco tiempo pasó cuando un taxista nos cruzó sin remordimientos, el agua del charco fue directo a Renato una vez más. Ahí fue cuando dudé si el paseo continuaría.

Renato me acompañaba haciendo comentarios breves. "No, estamos locos", repetía mientras seguía caminando. Hasta que en cierto momento me detuve, lo miré y le dije: "no me digas que no estás disfrutando, mirá la gente, mirá la ciudad". "Vos estás loco, insistía". Y seguía caminando.

En esos momentos diluviaba, cientos de paraguas ocupaban las calles de la ciudad y yo tenía un único pensamiento. Estaba cumpliendo con mi inquietud postergada. Quizá por esto continuaba la marcha llevando una sonrisa interminable.
Al tiempo la situación comenzó a cambiar. Yo empecé a resignarme, veía que Renato no podía disfrutar el momento. Fue en ese instante cuando imprevistamente me dijo: "Y si vamos al río a ver cómo está lloviendo".

Genial, pensé. Mientras una sonrisa me empapó el cuerpo.

Y así fue, caminamos por Florida y llegamos hasta el río. Ahí estábamos los dos, apoyados a una vieja baranda que nos ofrecía una vista perfecta. Cientos de gotas caían sobre el río y éramos las únicas personas que teníamos el privilegio de verlo. Por unos minutos observamos el espectáculo quedándonos en silencio.

Después iniciamos el regreso, había pasado una hora desde la partida. Seguimos viendo a incontables personas que corrían por las calles, inundaban las veredas con paraguas y fruncían en ciertos casos sus caras, como una técnica para evitar la lluvia.

En fin, llegamos hasta Lavalle (otra calle) y nos separamos. Renato se fue a cambiar; era obvio, estábamos empapados.

Continué solo hasta mi departamento. Quizá con menos euforia, pero con la extraña sensación de haber cumplido un propósito. Creía que todo había terminado, que por fin me había decidido a emprender esa idea que parecía tan simple y fue tan postergada. Sentí que me atreví a tomar de la mano a la vida y que acepté dejarme llevar por ella.

Caminé hasta que en forma inesperada descubrí que estaba a dos cuadras de llegar a destino. Esto no puede terminar así, pensé. "No puedo hacerle trampa a la naturaleza".

La sonrisa volvió a mí en el preciso instante en que la idea surgió. No lo dudé, cerré el paraguas con decisión. Y me detuve en plena vereda observando alrededor: charcos, gente, corridas, nubarrones. Entonces sí, caminé lentamente disfrutando cada uno de los pasos. Llovía intensamente.

Juan Manuel Valentini
Ocupación: Lic. Comunicación Social
Edad: 25
Residencia: Coronel Pringles (Argentina)
Fecha de publicación: 14/09/2001

Escribile al autor


El Confesionario - Comentarios sobre el texto
Comentarios de los lectores
04/09/2007 18:38:54 »» MELI:
A MI TAMBIEN ME GUSTA LA LLUVIA... JAJAJ..SUERTE
07/08/2004 19:43:34 »» ra:
es tipico de una pareja gay, como se entera uno de las cosas, epelotudo.