La carta

No puedo resistirlo, esta vez tengo que abrirla... Esto casi se ha convertido en una rutina, un ciclo de persecuciones y escapas desde que regresé de Guatemala. Otra maldita entró como un espía sigiloso por debajo de la puerta mientras dormía. No pude escuchar ni ver cuándo invadió mi hogar.

¿Quién insistirá en recordarme que existo? ¡Hay que chavarse! Pero si yo no le he dicho a nadie dónde vivo, ya me he tenido que mudar 10 veces en lo que va de año y siempre me encuentra.

Un sobre, siempre lo mismo, aunque éste es algo más grande, sí es azul y con la misma letra:

"Sra. Amalia Pérez de Rovira
en mano y urgente"

Lo que más me jode es que sí le he tomado gusto a este estudio. El de Río Piedras en la calle de Diego era más grande, pero siempre penetraba aquella asquerosa y nauseabunda peste a manteca del Burger King y el McDonnal's de los bajos y se mezclaba con el olor putrefacto que manaba de las alcantarillas. Caramba, sí casi lo puedo oler todavía. Ya mi propio olor, mis ropas se habían fundido en una misma fragancia, pero si me sentía más segura. Allí tardó dos meses en encontrarme... Hasta que entró otra carta, como hoy, aunque no quisiera guardarla junto a las demás en la lata de galletas holandesas. No, no aguanto más. Esta vez venceré mi temor o cobardía.

Tengo que abrirla, aunque sea sólo ésta. Pero ¿y si los sobres contienen alguna bomba que se detona al abrirla? Ni yo misma ya me creo esa posibilidad. ¿Si son noticias de Alejandro? Prefiero no saber nada, que no me encuentren, seguir buscando mi propio destino.

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Maldito sobre, no me vas a sacar de aquí, y justo ahora, que pinté mi pequeño refugio rectangular: esas dos paredes blancas y ésta de la entrada naranja, claro para que dé luz, alegría, y en frente esta pared verde pálido con mi escritorio-comedor y mi pequeña computadora portátil violeta. Ni que Miró me hubiese ayudado a decorar. Yo que iba a comprar hoy unas margaritas para ponerlas en la mesita junto a la cama como hacía todos los días Alejandro.

¡Ay, adorado, cuánto te extraño! Sólo me queda esta pequeña fotografía tuya en El Petén. Nunca debimos irnos a estudiar a Guatemala, menos siendo periodistas. Eras tan ingenuo y osado. Hasta que comenzaron a entrar aquellas cartas, también por debajo de la puerta. Sí, como éstas... Sólo tenían escrito el nombre de un lugar, tú ibas y siempre ocurría algo, un asesinato, un coche-bomba... ¡Qué reportajes traías! Yo te decía que nos regresáramos a Puerto Rico y termináramos la tesis desde aquí, pero nada.
Hasta que llegó aquel último sobre, era azul como éstos, que quisiera quemar todos...

Nunca me lo enseñaste, lo doblaste y metiste en tu bolsillo, tomaste tu cámara, me diste un beso y adiós... Te quiero tanto, me dijiste. Sí, claro, cómo me jodiste la vida...

Tu beso lo llevo tatuado en mis secos y olvidados labios. Te esperé 6 meses, hasta las navidades, y regresé a la isla, con la esperanza de que tú lo hicieses también algún día o me enviases un e-mail, pero nada. Algunas veces he creído que te vi en un carro que pasaba, en alguna foto de mala calidad. Debo estar volviéndome loca.

Ahora este sobre... Pero me tomo primero un café y luego lo abro. Alejandro siempre decía que no amanece ningún día hasta que huela a café con tostadas. Desayunaré y luego termino el ensayo autobiográfico para el periódico.

No, no puedo, lo hago ahora o nunca; abriré ese odioso sobre.

"Consulado de Guatemala" ¡Eso es lo único que tiene escrita esta hoja, mierda!

Lo sabía, mierda, ahora tendré que ir... Luego escribiré el ensayo y par de reportajes para el periódico.

El Anunciador-- 4 de noviembre de 2000
Explosión fatal en Consulado de Guatemala
por Amalia Pérez de Rovira
San Juan, Puerto Rico. Ayer sábado detonó una bomba en el edificio que albergaba el Consulado de Guatemala. La fuerte explosión hizo que los cristales volaran hasta 10 kilómetros. El recién nombrado cónsul Alejandro Rovira falleció en el atentado...

Ana Maria Fuster Lavín
Edad: 33
País: Puerto Rico
Residencia: San Juan
Ocupación: Correctora legal


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