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EL TONTO DEL PUEBLO Una mañana de Agosto,
con el calor que despega en Andalucía, fui a pasear a la Plaza
del Pueblo. Quería sentir las garbosas palmeras ante mis ojos e
inundar la paz de mi alma que, salían de los dátiles de
las palmeras. Eran recuerdos entrañables de la niñez. Cada
banco era un sentimiento y cada pisada un recreo y una transformación
del pasado. Iba tan ensimismada con mis pensamientos, cuando mis pupilas
se abrieron de golpe y en mi cerebro se encendió una luz. Era un
hombre que venía de frente y el cual me sonreía. ¡No
podía creer que fuese Angel!. Si, efectivamente era él.
¡Cuánto tiempo hacía que no le veía! ¡Casi
veinte años!. Su cuerpo desgarbado, torpe y sus brazos abiertos
me hacían sentir ternura como antaño. Sus ojos pequeños
achinados le hacían más atractiva su mueca, sus orejas grandes
que parecían dos ventosas, espolvoreaba su gracia y su sonrisa,
una mueca entre agria y dulce, le hacían latir su corazón,
acelerando el paso de las pisadas. Era el tonto del pueblo: Una persona
entrañable y abrasadora. Habíamos jugado de pequeño. Mis amigos los crío, lo trataba con crueldad porque no habían dejado de ser niños y se burlaban de aquella personita tan noble y cariñosa como de un erizo. Para mí había sido como un juguete y un sueño, donde, le aconsejaba, le dominaba y le quería con ternura, porque él, no hablaba pero entendía. El no lloraba pero sentía. Él, no comprendía a los humanos pero su compañerismo eran besos sueltos que transmitía con las manos. Su coquetería salía de su pasión espontánea, donde no había maldad y sus palabras se perdían con las frases que, a media lengua intentaba pronunciar. De mi boca empezaron a salir sílabas, palabras, frases: ¡Que alegría verte! ¡Cuánto tiempo! ¡Cuantos recuerdos tengo de la infancia y cuanta añoranza!. ¡Te quiero Angel! Él me entendía porque me apretaba con fuerza contra su pecho, sintiendo su respiración agitada y los suspiros que le salían de lo más adentro del ser. Mis pupilas se empezaron a llenar de un líquido suave resbalando por las mejillas, nublándoseme la vista. Ahora, no veía con los ojos pero si palpaba con el alma que, me transportaba a un sentimiento del pasado y, que estaba perenne en el recuerdo. Fue un encuentro emotivo y deseado por parte de ambos. Cuantas veces me había acordado de Angel, porque su nombre era como su persona: Un Angel con garabatos rayados pero, con una línea espontánea y diversa de, la que muchos humanos carecemos: Era el tonto del pueblo. Juana Díaz Díaz
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