EL SIGNO DE INTERROGACION

El camino pedregoso lucía charcos donde en tiempos de secas había cicatrices. Cicatrices de puñaladas que da el tiempo y el descuido y que el olvido esconde. Ahora, eran bebederos para canes vagabundos u oasis para las caravanas caninas.

La casa de Juana  y sus tres hijos se encontraba, como la mayoría, sobre el camino. Siempre atraídas  y ordenadas según la importancia económica y social del imán, religioso de la iglesia y mercantil del mercado. Era ésta, humilde y desaseada. Seguramente como las demás. Pero se distinguía por los incansables llantos y alaridos que de ella emanaban, siempre buscando alcanzar la mayor distancia  o destruir la arquitectura auricular de algún vecino descuidado. Las quejas de los vecinos habían caído en desuso pues nunca ninguna de éstas encontró comprensión. La comunidad no tuvo otro remedio que escuchar la vocinglería noche y día y así todos los días.

Un domingo que cayó entre semana, se presentó una persona en un automóvil o un automóvil con una persona. Era un conocido de Juana pues no fue recibido de la manera en que lo hubiese hecho con cualquier otro vecino.  Fue invitado a pasar a la casa. Al poco rato, el visitante se marchó sin antes farfullar frases inteligibles a una bandada de muchachos que merodeaban, impresionados, alrededor del automóvil, como buitres acechando al moribundo, como moscas sobre el estiércol.

Una semana después, a la madrugada, un alarido rompió la noche, penetrándola por todos sus rincones. La noche sufrió y comenzó a llover (sangre quizás). En el campo, los relámpagos combatían contra las tinieblas. Allá en la cumbre del monte, a las afueras del pueblo, dos faros se aliaron a las fuerzas de Hefestos y Zeus.

A partir de esa noche y, durante toda la semana, los llantos y alaridos que escapaban de la casa de Juana se aminoraron. La gente ya acostumbrada al infernal malestar, se preguntaba el porqué, en los sitios de costumbre y propicios para el palique.

Misteriosamente, el mismo alarido aquél de la semana pasada se repitió respetando las mismas horas. Esta vez desató las conjeturas más arcaicas ¡Esa es bruja! ¡Está poseída por el demonio!

Los llantos y alaridos aminorados permitieron nuevamente a la comunidad escuchar las llamadas a misa, el trinar de las aves que contemplaban misa desde la frondosidad de los álamos que adornaban la plazuela y ocultaban el kiosco, el bullicio de pueblo que imita patrones que no le corresponden.

La gente llena de curiosidad maquinaba un plan para averiguar que es lo que estaba pasando. Llegaron a un acuerdo: visitar a Juana sí se repetía el ya puntual alarido del domingo a media noche.

Muchos ojos no pudieron cerrarse esa noche. Las mentes más primitivas buscaban tras las ventanas a una mujer cubierta por una túnica blanca caminando sin tocar el suelo, los más escépticos, paseaban nerviosamente de un lado a otro. El alarido fue puntual y más desgarrador que los anteriores. Muchos testículos no se encontraban  donde debieran. Inmediatamente, la muchedumbre enfilaba ya sobre la casa de Juana cuando de las tinieblas salió ésta exquisitamente ataviada con pedrería y toda la cosa. Era bella y sus formas de piel blanca lucían como nunca. Camino a lo largo del camino alejándose del pueblo. Llamó sin embargo, la atención, un niño que sentado en la acera contemplaba las hojas de un cuaderno. El párroco separándose del grupo se acercó al niño. El chamaco al verlo cerca preguntó a éste ¿Qué son estos dibujos, Padre? A pesar de la mala letra y la inhabilidad para el dibujo, el Padre pudo distinguir tres figuras: un hígado con la cantidad de 20,000 pesos debajo, un riñón  con la cantidad de 10,000 pesos y el cuerpo de un niño con un signo de interrogación.

Mike

30 años
Ciudad de México

Escribile al autor


El Confesionario - Comentarios sobre el texto
Comentarios de los lectores
No hay comentarios disponibles para este texto. Te invitamos a enviar el tuyo!

Sueños y PesadillasHistorias de CiudadesDiario Intimo
El cuento del TíoCuentos para AdultosTutti FruttiConfesiones
Recuerdos de la InfanciaEditorialStaff