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CRONICA
DE UNA INFAMIA
Cuentan los diarios de la época que un extraño fenómeno del inconsciente colectivo se había apoderado de los habitantes de aquella ciudad. Según narran los cronistas, aquella mañana de diciembre la gente había amanecido envuelta en un profundo desasosiego, agitada, intentando desprenderse de las invisibles y pegajosas redes de los malos sueños. Como un cielo inflamado de nubarrones de mal aguero, la ciudad se encontraba envuelta por una espesa y homogénea pesadilla. Al ser consultado por la prensa, el presidente de la Asociación Psiquiátrica expresó que lo ocurrido podría considerarse como una manifestación de histeria colectiva trasladada al sueño. Estos sueños histéricos constituyen derivados de lo reprimido -señaló el facultativo-, brotes de fantasías edípicas o bien podrían significar deseos de muerte contra otra persona vueltos contra el propio Yo . Curiosamente nadie recordaba en qué había consistido exactamente la pesadilla, pero con mayores o menores matices se hacía referencia a escenas de perpetuo sufrimiento o a mudos alaridos de dolor, algunos hablaban de susurros candentes como hierro rojo. Sin embargo todos coincidían en el olor del sueño, un olor dulzón, putrefacto, como el de la carne cuando empieza a descomponerse, olor a matadero, a fábrica de jabón, resumió una joven entrevistada. Al interrogar a la población la prensa obtuvo diversos testimonios. Muchos recordaban siluetas humanas vacías, rostros yermos y lavados, tres agujeros negros que -a manera de ojos y boca- lacraban los rasgos imprimiéndoles el estigma del horror; algunos decían que en sus sueños las siluetas caminaban con las cabezas encapuchadas, meneándose, como diciendo no. Yo veía esas figuras como trapos sucios, trapos vejados, pisoteados, había dicho un joven de dieciocho años. A mí me parecían fantasmas, comentó una maestra jubilada; sí -agregó un empleado de comercio de treinta y cinco años- eran miles de fantasmas, parecían marchar, por momentos estaban encadenados y se escuchaba el ruido de los grilletes, algunos estaban tirados en túneles cubiertosde azulejos manchados, perforados. Esa mañana se había alterado, en cierta forma, el inicio de las actividades cotidianas ya que la población comentaba el fenómeno, presa de un obcecado sentimiento de angustia, al tiempo que un pestilente olor -el olor de la pesadilla, decían - se instalaba sobre la ciudad. Fuentes del Servicio Meteorológico informaron que aquel hedor podría deberse a vientos provenientes del Oeste, de la zona de San Justo, La Matanza, que arrastrarían emanaciones de las fábricas de jabones y de los mataderos instalados en esas zonas. Como para agravar la situación se acercaron a los medios de información algunos sujetos autotitulándose videntes proclamando el advenimiento de oscuras profecías. Según relatara posteriormente un corresponsal del New York Times que había estado recogiendo testimonios entre una multitud apostada en una plaza , una mujer con un pañuelo blanco en la cabeza habría comentado con llana lucidez que todo esto, en definitiva, se trataba nada más que de un desdichado presagio. En los informativos de las doce del mediodía los locutores anunciaron que el indulto presidencial había sido llevado a cabo con absoluta tranquilidad y que los comandantes de las juntas militares se encontraban ya en libertad. Patricia Yohai 48 años Buenos Aires (Argentina)
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