UNA TARDE EN LA 18

--¡Señora, no cruce! La luz está verde.
--Se pasa todo el día camina que te camina por la Ponce de León.
--¡Qué la van a aplastar!
--Muévase, vieja loca. Coño, tengo prisa.
--Debería quedarse en su casa viendo telenovelas.

Aquella tarde mientras esperaba la guagua, me puse a observar el mundo del peatón. Mi carro se acababa de averiar y no usaba la transportación pública desde mis años de universitaria. Me encontraba en otra dimensión, la parada 18 de Santurce, un barrio de San Juan de Puerto Rico, parecía una contaminada y apestosa pesadilla. Polvo, ruidos, tecatos pidiendo para el vicio, bocinazos, un cocolito con el radio a todo volumen (oyendo Rap, qué mucho odio esa música), las aceras parecen queso suizo (claro, como es año de elecciones, dicen que las van a arreglar), carros por todos lados. ¡Y los olores! Hay un aroma -más bien una peste- a sudor, orines, el grasero del Burger King y el restaurante chino, vómitos, la alcantarilla desbordada, más el perfume fuertísimo a rosas de la señora que estaba a mi lado.

Me puse a observar un perrito -algo así como un chihuahua sato- que jugaba con una cajita de la oferta Núm. 1 de Taco Bell. La aguantaba fuerte con las patas delanteras y con el hocico trataba de abrirla, pero se le caía. Volvía a repetirlo. Lo ayudé el par de veces que se le quedó la cabeza dentro de la caja y comenzaba a llorar.

Así me entretuve para no ver a la señora que seguía tratando de cruzar cada vez que el semáforo se ponía verde; para que el tecato no siguiera pidiéndome un peso; para que no me hablaran de los populares y los penepés, del último capítulo de la telenovela.

--Señora, que la van a aplastar. Venga pa'cá.
--Mire doñita, un peso
--¡Por ahí viene la guagua! Avancen que a mí me dejó una vez y son casi las 5.

Ya se oía el chillido de los frenos. Me arrodillé a coger mi maletín y darle una caricia al pequeño perro. De momento se oyó un fuerte cantazo. Solté al perro.

--¡Atropellaron a la señora!
--Sabía que eso ocurriría algún día.
--Corran, que perdemos la guagua.

Corrí a donde la señora. No respiraba. Sentí que todo mi cuerpo ardía; tenía miedo y coraje.
Todos subieron a la guagua. El semáforo cambió a verde. Me quedé aguantando la cabeza de aquella desdichada, mientras veía entre lágrimas como huían anónimos en la guagua. Sentí una eternidad que me aplastaba.

--Señorita. -dijo un policía que interrumpió mi letargo. --No se preocupe yo me encargo de este pobre ser.

Le di entre lágrimas un beso al policía. Agarré mi maletín y al perrito. Nos fuimos a pie a casa.
¡Menos mal que mañana me entregan el carro!
Ana María Fuster Lavin

Pd. --Glosario (puertorriqueñismos)
tecato-adicto a heroína
cocolito o cocolo-salsero
carro-automóvil
populares-política del Partido Popular Democrático
penepés-política del Partido Nuevo Progresista
guagua-autobús

Ana María Fuster Lavín
Correctora, editora y redactora de textos escolares
32 años
Hobby: leer, escribir, ir a la playa, vivir y respirar.
San Juan (Puerto Rico)

Comentario: Gracias a El Confesionario por esta maravillosa revista.

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