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La clase de matemáticas era infinitamente larga, tan aburrida y poco amena. Doña Lola no se cansaba de ponernos largos ejercicios de problemas de lógica, los odiaba tan profundamente como a la profesora. Afortunadamente suena la estruendosa sirena, un sonido que me sonaba como el canto de los ángeles, me afanaba para recoger mis libros y salir corriendo de la clase, bajábamos las escaleras de la escuela como si fuéramos un rebaño, a ver quién llegaba antes a la puerta. Yo siempre iba con mi querida amiga Silvia, compañera de pupitre y de mis más recónditos secretos, jamás subimos una palabra de tono más que otra, era como la hermana que no tenía. Nos intercambiábamos las batas y los deberes, nos ayudábamos mutuamente. Empezó un nuevo curso, estaba nerviosa por mi primer día de clase, deseaba encontrar a Silvia en la puerta de la escuela esperándome, para entrar juntas a la aula y apoderarnos de un par de pupitres juntos, así fue, allí yacía ella postrada como una estatua con una amplia sonrisa y un gesto nervioso en sus manos. Entramos todos en la clase, deseosos de conocer a los nuevos compañeros que se incorporaban al curso escolar de 4º de EGB. En primer lugar presentaron a Sergio, un niño delgado y alto, lo sentaron en una de las primeras filas y en segundo y último lugar presentaron a Rosa, una chiquita gordita, que avisaba ser la diana de todos los comentarios crueles y jocosos propios de niños. Silvia y yo nos miramos, adivinando ambas que nos gustaba el mismo niño, no nos dijimos nada. Días después, lo que hasta ahora había sido una pura y preciosa amistad se estaba convirtiendo en una cruel guerra infantil. Silvia ya no me dejaba los deberes y cambió su pupitre por el que había al lado de Sergio, no podía entender que podía haber más fuerte que nuestra amistad. A la salida del colegio, Silvia y yo discutimos, no me acuerdo ni si quiera por qué fue, simplemente recuerdo que tuvimos una pelea a base de gritos, donde ella ni corta ni perezosa cogió mis coletas perfectamente repeinadas y les asestó un tirón, que hizo que mis lágrimas saltaran de mis ojos como no lo habían hecho nunca. Quizás aquel día pude darme cuenta que no hay amistad tan pura que no pueda separar un hombre. Fue la primera bofetada
que me dio la vida. Weblara
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